Por: Alfredo Vanín
Reinas
Aquellas bocas inusuales, de mujeres tan bellas como el arrecife,
reinas algunas veces, no siempre coronadas por el halago de los mercaderes
con sus cabellos no siempre ondulantes al viento
o seducidas por los afeites de los catadores.
Las recuerdo como el campanear de la lluvia
que remonta la memoria más allá de los vientos
en que naufragaron tantos dioses.
Tenían apellidos extraños, tan extraños que ignoro
a dónde fueron a nacer con sus rostros de mestizas malíes o bejaras,
con sus sílabas rotas como caracoles o venganza de pájaros.
Tenían largos y ondulados los muslos
y en ellos se podía repetir una guerra,
una alianza de fugitivos o nictálopes,
en sus ojos como almendras humedecidas
podía cantar un barco al mediodía,
en sus senos parecía que la madrugada era un juego,
que las canoas llegarían sin duda a remontar
sus aguas para quedarse para siempre.
Ellas, en medio de sus orillas,
en esas riberas donde yo nací siempre.
Algunas fueron reinas y sonreían fascinadas
desde postales que las hicieron más olvidadizas.
Reinas de ríos fugitivos
que no sabremos dónde se ocultaron.
Andenes
Y he aquí que escribí los más altos poemas
cuando me hallaba en el presidio, muy cerca de las costas del mar.
Pero juré un día volver a las luces agónicas de Londres,
a las ensangrentadas piedras de Memphis,
a las rocosas islas de un Caribe remoto
en medio de las olas que el mar impuro no reclama.
En aquellos tiempos las novias tenían la certeza de que no volvería
y aquello anegaba mi alma de una dicha inefable,
parecida a la que guardan los ángeles
en las edades de quimera.
Salvo por las norias humanas de Blade Runner,
supe que este ya no era mi siglo: se había ido entre fantasmas,
había emigrado entre marinos de fanfarria, clonado por una máquina hechicera.
Por eso fui en busca de luz y tuve contacto con seres de otros mundos:
tigres marcados, arañas dobles,
hombres fosforescentes, mujeres como espejos de bronce,
vi la existencia equívoca y conocí la esencia de los mares.
Todo eso me fue revelado
para que un día predicara lo desconocido.
Pero no fui escuchado,
me dieron a cambio las prisiones por casa
y estando allí recordé las visiones
y escribí los más altos poemas.

