Por: Jairo Henry Arroyo Reina
In memoriam de Gregorio Sánchez Gómez (1895-1942)
Gregorio Sánchez Gómez nació en Istmina, Chocó, y murió en Cali siendo muy joven, a la edad de 47 años. En el mes de diciembre del 2002, el notable escritor chocoano cumplió 60 años de fallecimiento. Fue el más valioso escritor y novelista que tuvo la ciudad de Cali durante las décadas del 20 y 30 del siglo XX. Publicó entre novelas, cuentos, ensayos y poemas aproximadamente 20 libros, 16 de ellos en vida y 11 de ellos en la ciudad de Cali. A partir de esta obra, que generalmente llevó nombres de mujeres o hacían referencia a lo femenino, pudo dar cuenta de sus principios liberales, de su percepción sociológica de la realidad y, particularmente, del ambiente sociocultural y urbano de diferentes poblaciones nacionales, entre ellas la ciudad de Cali, aspectos que fueron reconocidos por los mejores intelectuales de la época a nivel nacional e internacional.
Sus primeras experiencias como escritor las desarrolló al lado de editores liberales como el librepensador, generador del teatro popular colombiano y escritor de novelas y libros para niños Luis Enrique Osorio. Otros como Juan Casis, Arturo Zapata, Virgilio González R., Palau Velásquez & Cía. y T. J. Martínez y Cía. S. A., negociantes y empresarios como la familia Zawadsky. En casi todas sus publicaciones aparece él y sus hermanos figurando como editores bajo su propia firma “Gregorio Sánchez Hermanos”.
En 1920 iniciaron aparentemente sus publicaciones cuando la Editorial Juan Casis de Bogotá publicó dos de sus trabajos: Problemas sociales de Colombia, un ensayo de 66 páginas que le había servido a Gregorio Sánchez para graduarse como doctor en Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Bogotá (una tercera edición de este ensayo, clasificada como “folleto”, fue publicada en la Imprenta Moreno en 1935, recogiendo los dos ensayos que Gregorio Sánchez había publicado en el periódico El Liberal de Cali), y La tierra desnuda, la primera novela que le permitió incursionar en el campo literario colombiano. Esta novela de 28 capítulos fue escrita en Cali en 1914.
A estas dos publicaciones le continuaron en 1924 un grupo de cuatro novelas cortas escritas desde Roldanillo y publicadas en forma continua en Bogotá en la serie popular “Novela Semanal”, dirigida por Luis Enrique Osorio. Estas cuatro novelas: La piedad del amor, La flor del tabaco (dividida en cinco partes, dedicada al escritor y novelista Luis Enrique Osorio), El monstruo y La envidia de los dioses (novela de cinco cuadros, dedicada a Tulio Quintero D.). Estas novelas fueron reeditadas hacia 1958 por la Editorial Santa Fe de Bogotá en un libro que llevó por nombre Novelas cortas. Para 1958 se agregaron dos novelas más: El espíritu de Don Celso y El maniático.
La participación en la “Novela Semanal” lo acercó a escritores y escritoras que conformaron un grupo muy particular en el campo intelectual colombiano, como Emilio Cuervo Márquez, Simón Latino, Rafael María Rodríguez, Bernardo Arias Trujillo, José María Rivas Groot, Uva Jaramillo, Cruz Alba, José Asunción Silva, José Eustasio Rivera y León de Greiff, entre otros.
Aún no sabemos cómo Gregorio Sánchez logró que la Editorial La Moderna de Panamá le publicara su tercer libro y sexta novela, La derrota: novela de estudiantes, en 1925. Esta novela de 22 capítulos, escrita en Bogotá en 1917, fue prologada por Luis Eduardo Nieto Caballero.
De ahí en adelante, sus publicaciones fueron realizadas en la ciudad de Cali. 14 de sus libros, 9 de ellos novelas, fueron publicados en Cali en la década del 20, 30 y 40, por las editoriales América y Palau Velásquez & Cía., cuando la ciudad era apenas un poblado que llegaba a los 80.000 habitantes. La Cali de entonces poseía dos teatros (Municipal y Jorge Isaacs), tres hoteles (Majestic, Europa, Alférez Real), una biblioteca municipal, un proyecto de acueducto moderno, más de cinco periódicos (Relator, Correo del Cauca, Diario del Pacífico, El Liberal, Heraldo Industrial, La Humanidad y El Crisol) y un puñado de intelectuales, entre ellos Gregorio Sánchez, decididos a plasmar, en sus ratos libres, ideas y pensamientos en libros, revistas y periódicos. En los talleres donde se editaba Relator, el periódico liberal de la familia Zawadsky, se editó también, en 1927, Rosario Benavides, la novela escrita en Cali en 1927 que lo hizo acreedor a un premio otorgado por la Academia Colombiana de la Lengua.
Después de Rosario Benavides, la Editorial Palau Velásquez & Cía., encargada de editar Correo del Cauca, periódico conservador de propiedad del negociante y empresario Ignacio Palau, publicó dos de sus novelas en el mismo año (1929): La casa de los del pino y La virgen pobre. La casa de los del pino fue escrita en Cali en 1928, mientras que La virgen pobre, novela de 18 capítulos, fue escrita entre los meses de abril y junio e impresa el 17 de agosto del mismo año.
Para los años 30, sus libros fueron publicados en los talleres tipográficos de Editorial América, la primera editorial moderna que tuvo la ciudad de Cali en toda su historia. Esta firma editorial dirigida por Virgilio González R., su mayor accionista y editor del periódico El Liberal de Cali, publicó obras como: El Gavilán (1933), de 31 capítulos. Al Gavilán le continuó Casada y sin marido, publicada en 1934 y de la cual no se tiene referencia alguna. A estos le siguieron El hombre en la hamaca: divagaciones de un ocioso (1935) y El Burgo de Don Sebastián (1938).
Arturo Zapata, de Manizales, interrumpe la edición de libros en Cali publicando la novela Vida de un muerto. Relato fantasioso y humorístico de 13 capítulos —una introducción por capítulo— y un epílogo, se terminó de imprimir el 15 de septiembre de 1936; y el libro de Sociología política colombiana, escrito en Cali (1940).
Cinco años después de su muerte, en 1947, sale al mercado otra novela: La bruja de las minas. Libro de 20 capítulos escrito en Cali en 1938.
Para 1950 se publica, al parecer, su último ensayo, finalizando las ediciones con Editorial América y T. J. Martínez y Cía. S. A.: Fémina, reflexiones sobre la mujer y su destino (1938). Este libro escrito en Cali, clasificado como ensayo, introducido por el mismo autor y anunciado para publicarse desde 1940, fue estructurado, básicamente, en 4 partes.
Al morir, su padre y sus hermanos publicaron el folleto Gregorio Sánchez Gómez, algunos conceptos sobre sus obras (1945), donde se recogieron las opiniones más favorables que tuvieron escritores locales y regionales, entre ellos Heraclio Uribe Uribe, José Ignacio Vernaza, Ricardo Nieto, Andrés J. Lenis, Luis Carlos Velasco M. y Luis Eduardo Nieto Caballero, pertenecientes al campo literario nacional. Así como impresiones de escritores y críticos internacionales como Ángel Dotor y Municio, y Manuel Góngora Echenique, de España; Mariano Latorre, de Chile; César Tiempo, de Argentina; Emilio Romero, del Perú; Enrique Labrador Ruiz y Miguel A. Maccau, de Cuba.
En 1958 se publicaron 5 libros: Magola, historia de una maestra, hecha en la Editorial Santa Fe. En este mismo año salió a la luz pública, al parecer, su última novela, La amazona de cañas, anunciada desde 1935; además se reeditó la compilación de Novelas cortas, que se habían publicado individualmente en 1924, y dos libros de cuentos: Campos con sed y La joven endemoniada. Salieron a la luz, también, artículos en periódicos locales y regionales; algunos conservadores como Diario del Pacífico y Correo del Cauca, y especialmente en Relator, le dieron cabida a un buen número de sus ensayos.
LA CULTURA NEGRA EN LA OBRA DE GREGORIO SÁNCHEZ GÓMEZ
Gregorio Sánchez da cuenta de los ambientes culturales-orales negros ubicados en el Pacífico y en la zona minera de Marmato. En obras como La flor del tabaco describe la cultura negra y denuncia la marginación de la cual ha sido objeto:
«En el ancho recodo que forman las aguas del San Juan, en aquel lugar apartado y agreste, levántase un caserío irregular, asimétrico, de construcciones toscas y humildes, a donde no parece haber llegado siquiera un vientecillo de la civilización material moderna. Las casas, verdaderos bohíos, están enclavadas caprichosamente en la ribera, avanzando la edificación hacia el corazón del monte, y dejan entre ellas grandes espacios desocupados y pasadizos que hacen el oficio de calles y que forman una red sinuosa y complicada.
Estos ribereños nadan lo mismo que un pez, saben echar el taco en los charcos, persiguen con perros el venado y la guagua por el jaral adentro. De cuando en cuando convergen hacia las regiones mineras o se van a lavar el oro y el platino en los puntos de libre mazamorreo. La agricultura no les seduce, limitándose por tanto sus actividades al cultivo del plátano, que se da espontáneamente, y de la caña, cuyo jugo almibarado chupan con deleitación. No se ve por ahí la sombra de una res, y es cosa inaudita escuchar el gruñido de un cerdo o el cacareo impertinente de un ave de corral. De manera que en estos vegetarianos parajes si se sirve a la mesa un trozo de carne, es traído de muy lejos, salado, ahumado y curado, y a precio de metal fino. En cambio, de las vigas de los techos, y de las cuerdas que tienden sobre el fogón, penden balanceándose majestuosamente, al amor del aire o del humo, respetables lonjas de pescado y de animales de monte.
El caserío mencionado es uno de esos hacinamientos desordenados de chozas, tan comunes en las riberas de los grandes ríos que bañan la región chocoana. Generalmente se hallan situados a gran distancia de los núcleos de población donde se concentran las febriles actividades del comercio, y muy apartados entre sí, como si cada uno pretendiera aislarse de los otros y desvincularse del mundo. Sus habitantes son aficionados a los viajes, y tienen un fiero apego a la vida libre, lo cual explica su predilección por la caza, la pesca y las excursiones. La minería, que da fáciles y pingües rendimientos, les gusta también pero por cuenta propia, pues no hay cosa que más detesten que depender de un patrón. Aman la molicie, el licor, las mujeres, y aunque temen y respetan la autoridad, poco la tienen en cuenta para sus actos, acaso porque la autoridad se encuentra habitualmente lejos. Esta población rural es una mezcla híbrida de razas, en que se ve desde el negro puro, pasando por el zambaigo, hasta el mulato y el cuarterón. Los indios moran de costumbre en sitios más retirados, congregados en tribus que procuran conservar sus usos y caracteres físicos; y en cuanto a los blancos se refiere, obsérvase que prefieren vivir en los centros, al amparo de las comodidades que estos ofrecen. Es cosa común encontrar entre la gente de color apellidos ilustres como Mosquera, Córdoba, Caicedo, y hasta nombres antiguos, de legendaria fama; mas no se piense que ello se deba a herencia genésica: nadie ignora probablemente que antes de la manumisión los siervos tomaban el apellido de sus señores y lo transmitían a sus sucesores.
…La venida de los yanquis significaba muchas cosas para los pobladores comarcanos: dinero, trabajo bien remunerado, adelanto material; y si bien es cierto que se les miraba con recelo, por razones de patriotismo, y que para nadie era un secreto que acudían a llevarse la riqueza regional a cambio de un puñado de águilas, teníase por ventajosa su concurrencia. Con lo cual daban pruebas de que allí, como en todas partes, para el capital no hay puerta cerrada».
En esta obra, al igual que en La bruja de las minas, además de la descripción de los caseríos de San Juan, Marmato, Salamina, Aguadas y Pácora, del Molino Santa Mónica, El molino Las Vueltas y La Pintada, la narración toma como excusa la historia amorosa para denunciar las condiciones socioeconómicas de los peones y el despojo de las tierras a que eran sometidos. Nos da a conocer el mapa sociocultural de las minas.
Gregorio Sánchez logra, majestuosamente, describir los rituales mágico-religiosos de la población negra que trabajaba en las minas:
Un negro anciano, alto y huesudo, permanece inmóvil, en tranquila actitud de espera. Ostenta en la cintura ancha faja de seda roja, y aguzado cuchillo al costado. No se mueve, no parpadea. De pronto, sonando las doce, todo el concurso se estremece.
—¡Ohé! —se alza un largo lamento. La momentánea confusión del primer instante se aquieta enseguida, como el agua de los cilancos tras la caída de una piedra. Hombres y mujeres se alinean en ancho y compacto círculo, dejando un espacio al centro. Los que sobran, se acomodan detrás, llenando el recinto. Ahora se han sentado todos, en cuclillas o sobre las piernas, en medio de completo silencio. Acompasado, lento, casi funeral, empieza a sonar el golpe de los tamboriles. Seco, como desfile de sepelio, como marcha de fusilamiento. Después, haciéndole dúo, el chasquear nervioso de la marimba. La extraña música, terca y monótona, produce singular enervamiento: pesa sobre los párpados; adormece. Su ritmo recuerda el persistente rumor del agua en las torrenteras, escuchado en la noche, o bajo el letargo de las siestas.
¡Ohé!
El compás se acelera súbito. La negra más vieja se levanta entonces para sellar en el braserillo misteriosa sustancia. La llama verdosa que se alza sobre los tizones le da al aposento siniestro aspecto de cripta.
—¡Currulao! —gritan entonces.
Barrera y Stanley no se dan cuenta de que la Pascuala desapareció de su lado hace mucho rato. Y ahora está allí, al frente, en el centro de la estancia, desnuda como magnífica escultura de bronce. La luz verdosa la ilumina, la baña, tiñéndola de vegetales barnices. No lleva más que ajorcas en los tobillos, y en las manos sendas tablillas que suenan como crótalos. ¡Currulao! —repiten todos estremecidos. La danza comienza. Más que humana criatura, la Pascuala parece deidad tenebrosa aparecida de improviso por virtud de mágica invocación. Su cuerpo perfecto, de líneas armoniosas y puras, se agita en el espacio libre, con el vaivén lento y sinuoso de la marea que principia, de la serpiente que se arrastra cautelosa. Ondula como el viento, tiembla como el abanico de la palmera. Los párpados están caídos; en los labios, teñidos de achiote lo mismo que las mejillas tersas, juguetea la sonrisa, lánguida.
La voz de la marimba va creciendo, creciendo, acompañada por el golpe de los tamboriles. El compás apremia: se precipita ahora, transido del ansia de llegar no se sabe a dónde.
—¡Currulao! —braman como poseídos.
La Pascuala parece transfigurarse. Se detiene un momento, para respirar, lanzándose luego, con brusca decisión, al encuentro de invisible galán. Ya no es el ondular felino, indolente y lascivo del principio. Ahora semeja Euménide, deidad demente que se retuerce en el paroxismo del dolor, del espasmo, o de la locura. La frenética danza la empuja y la arrastra, como si huyera de ella misma, y se persiguiera, y se enredara en sus propios anhelos y temores. Sus pupilas relampaguean; la boca se le abre, desgajada, pareciendo sorber el lúbrico perfume que lleva en su propia persona.
Hipnotizado, el concurso la sigue con la mirada y el palmoteo; se va tras del cuerpo fugaz, con libidinosos pasos de perro. La Pascuala, perdida en su vértigo, extraviada en el laberinto de su transitoria insania, no parece ver ya lo que la circunda. Todo en ella grita, solloza, ríe, y se paraliza en orgasmos bárbaros. La grupa soberbia va a desprenderse ya de sus cimientos poderosos. Los pechos vuelan como saetas. Tiembla, vacila, se yergue de nuevo, recobrada de su desmayo efímero. Rítmico cantar sale de todos los labios:
¡Que viva, que viva, el baile er cienpié!
—¡Currulao! —se interrumpen súbito. Y prosiguen:
Picao e tarántula; picao e alacrán; de sapo con rabia, la leche y el miao; veneno e culebra, balanza e araña, barbaco, caraña, y ecupa con hiel.
—¡Currulao! —relincha la turba.
El Taita Cornudo Beruna, Pezua el chivo, la chiva chivito, chivo. ¡Que viva el culeo! Er Cabro Mayó. Mandinga, Mandinga. Cacho e pejeje, ojo e bamboré, colmillo e caimá, cola e mapaná. Padre Lucife.
—¡Currulao! ¡Upa!
La voz de la marimba y el golpe de los tamboriles se debilitan; vuelven a hacerse lentos, pausados; se apagan poco a poco. Exánime, la Pascuala cae desplomada sobre el pavimento. Vencida como la estatua rota que rodó de su pedestal.
El negro anciano se adelanta entonces, solemne. La sorda música apenas suena ya como fragor lejano que se extingue. Ante la tarima del rincón se detiene, y alzando la diestra armada con el cuchillo, lo hunde repetidas veces en el cuerpo del macho cabrío, que dobla los corvejones exhalando berridos tristes, de muerte. Convulsivamente escarba sobre la tarima con las pezuñas posteriores, y cae por último entre el charco de su propia sangre.
La muchedumbre canta:
El Taita Cornudo, Marimba y tambó, Marimba y tambó.
Es la señal de la bacanal. De damajuanas y cantimploras, de ollas y calabazos, de tinajas y zumbos, aparecidos súbito, fluyen cual de rotas arterias los licores ardientes. Vasos y totumas pasan de mano en mano, colmados con los amarillos fermentos y los blancos y picantes jugos de caña. Exaltante olor de canela y pimienta, rones fuertes y ácidos de guarapo, tufos aguardientosos que queman como encendidas brasas las sedientas gargantas. Todo eso se junta, mezcla y confunde, con las espesas humaredas, las emanaciones, los vapores, el clamoreo ronco de la promiscua concurrencia. El aire es casi irrespirable. Barrera y Stanley se sienten desfallecer. Pero a ellos también los ha envuelto en su torbellino el áspero viento de locura. La sensual vorágine abre sus rojas fauces para tragarlos.
LOS VALORES Y EL CUERPO EN LA OBRA DE GREGORIO SÁNCHEZ GÓMEZ
Si bien es cierto Gregorio Sánchez no dio cuenta en detalle de los movimientos sociales de la época, los conflictos, la violencia social colombiana y los valores decadentes son todos temas presentes en su obra, que logran liberarse de las ataduras narrativas y enriquecer el universo literario del autor y convertir la obra en un invaluable documento sociológico.
Sus novelas de amor, definidas en torno al destino trágico de los amantes, pusieron al descubierto las temáticas más vedadas para la sociedad de la época. En La virgen pobre, además de mostrar claramente los abusos del poder de la sociedad patriarcal sobre las mujeres y campesinos, la vida triste y desolada del cabaret y las casas de citas, la novela nos muestra la relación entre el deseo, el cuerpo y el amor, elementos que ponen en escena las contradicciones propias de una sociedad conservadora y parroquiana que recién entraba a la modernización, pero no superaba sus prejuicios sobre la vivencia de la sexualidad femenina.
Bebieron más. Muy juntos uno de otro, él agotaba su repertorio de frases intensas, sonoras, apasionadas; de juramentos vibrantes; de promesas hinchadas de halago; mientras ella, que sentía desatar su lengua, se hacía repetir, encantada y feliz, las dulces palabras de amor, las promesas, los juramentos… un deleite hondo llenábale a la vez los sentidos y el alma. Ahora fue Ana María la que dijo con dulce melindre, entrecerrando los ojos con languidez:
—¿Me quieres mucho, Alejo?… vos no me querés.
Transido por la emoción, éste no contestó. La tenía ya sobre las rodillas, echada un poco hacia atrás, fuertemente ceñida por sus brazos dominadores, sintiéndola palpitar como una aguzada estremecerse largamente a cada caricia. A hurtadillas miraba él con contenido arrebato la pierna doblada, fina y mórbida, que había dejado un poco al descubierto la falda subida más arriba de la rótula; entreveía y adivinaba, presintiendo ya todo el secreto encanto de ese cuerpo juvenil, sería una pobre flor más, una pobre flor despetalada y marchita, desprovista de su perfume y luego arrojada con indiferencia.
Sumida en su sueño de amor, anegada de la cabeza a los pies en una voluptuosidad inefable que la embriagaba como un vino y de la que no tenía fuerzas para salir, Ana María no oponía ya ninguna resistencia; se abandonaba, rendida y dócil, enamorada y suspirante, a esa invasión audaz, a ese asalto loco de Alejo, que, trémulo y exaltado, y mientras le decía frases truncas que delataban su sensualidad, iba violando poco a poco el femenino secreto y violando los más púdicos velos.
—¡Ven!
Balbuceó Alejo fuera de sí. Ana María musitó, como con una voz lejana: casi en vilo, la arrastró consigo a la habitación contigua. Y ella se dejó llevar como una sonámbula, perdida transitoriamente toda conciencia.
LA HISTORIA DE CALI EN LA NOVELA DE GREGORIO SÁNCHEZ GÓMEZ
De las 9 novelas que logró publicar, dos hacen referencia directa a las problemáticas socioculturales y urbanas de Cali: Rosario Benavides y El Burgo de Don Sebastián. Publicadas, aproximadamente, setenta años después de obras como María, de Jorge Isaacs, y El Alférez Real, de José Eustaquio Palacios, lograron representar, en detalle, la vida urbana y social de una ciudad como Cali en las primeras décadas del Siglo XX; describe y recrea los diferentes grupos sociales que habitaban la ciudad, el equipamiento urbanístico y arquitectónico de la misma y, en general, el universo sociocultural y espacial que definían a la Cali de ese entonces. Lo más importante es que Gregorio Sánchez, con tono irónico, burlesco y crítico, logró representar el proyecto modernista de las élites citadinas, dejando ver tanto sus gustos de clase como el conjunto de valores que las definían. Este conjunto de elementos nos permiten ubicar su obra en el marco de la literatura urbana y, sobre todo, como novelas histórico-sociales y culturales.
Rosario Benavides se articula en torno a la debilidad y la inestabilidad del piso social que se estaba produciendo en el mundo moderno de la ciudad de Cali para las dos primeras décadas del Siglo XX. El conflicto social se manifestaba en Mariano Benavides, padre de Rosario, quien posee todos los signos de la época moderna: de piel cetrina, comerciante de café, cueros y cacao. Según la designación realizada por Gregorio Sánchez, Mariano era “un moderno creso”, “un banquero tropical”, que se había enriquecido vendiendo durante quince años trapos y chucherías, y que luego se convirtió en uno de los más respetables importadores. Se jactaba de no tener descendencia aristocrática, pero sí mucho dinero. Las nuevas percepciones y valores, así como las representaciones de los otros grupos sociales fueron enunciadas por este personaje de la siguiente forma:
«—¡Hola! Hablas como un abogado del virreinato. Esas monsergas de olor y sabor aristocrático están demandadas a recoger. Hoy no hay otra nobleza que la que da el capital, ni otra jerarquía que la señalada por las centenas y millares. Amigo: vales lo que tienes y pesas. Fíjate nomás en algunas familias de aquí, que ayer brillaban en el pináculo social porque eran ricas, y ahora han venido a menos porque empobrecieron. Hace pocos años ¡qué gentes tan consideradas y descollantes! Hoy ¡qué insignificancia lastimosa la suya! Desaparecieron entre la turba anónima y triste de los que nada poseen. ¿Quién se acuerda ya de los Montúfar, de los Vallefloridos y de otras familias que conocieron la opulencia? Y sin embargo, nadie les discute y niega su ilustre abolengo, su vetusta prosapia; lo cual no los libra, desgraciadamente, de vivir en la indigencia».
Julia de Benavides, esposa de don Mariano, era mujer blanca y gorda, escenifica “la prosapia” de los sectores venidos a menos, los capitales simbólicos y tradicionales, un universo antagónico al de don Mariano. Este antagonismo no evita, sin embargo, que se establezcan alianzas entre estos dos mundos y aúnen esfuerzos para manejar el poder.
Julia Benavides: «gustaba naturalmente de las consideraciones de alcurnia: la razón de estirpe era razón soberana. Sentía secreto desdén por las vidas democráticas modernas, igualadoras e iconoclastas, que han desvalorizado la antigua moneda nobiliaria y los papeles de créditos llamados despectivamente pergaminos. En su fuero interno alimentaba para sí el culto de la buena raza y de la sangre pura, lo cual no fue obstáculo para su matrimonio con el millonario señor Benavides».
La lucha simbólica de estos sectores, sus aparentes contradicciones y afirmaciones, toman un curso trágico en la novela: Mariano Benavides, estandarte de los nuevos capitales y de lo moderno, la expresión viva de unos nuevos puntos de vista social “levantados por un saludable soplo republicano democrático”, termina suicidándose “por honor, como cualquier aristócrata”, al perder en un juego la fortuna familiar.
El personaje principal Rosario Benavides, o “Challo”, como cariñosamente la llamaban sus allegados, era una “muchacha caleña que acaba de cumplir veinte años… joven trigueña, alegre, de cuerpo fino y elástico y de modales un poco despreocupados. Hablaba correctamente el inglés, mejor que el propio idioma; vestía con absoluta perfección, y era maestra consumada en deportes, especialmente en tenis y jazz”. Después de la muerte de Mariano y viviendo en carne propia la pobreza en que su padre las había sumido, se ve en la necesidad de emplearse ante el asombro, las burlas y comentarios de su grupo social. Es así como después de trasegar y probar en varias partes consigue empleo en la Bembo & Co. Inc., poderosa casa comercial norteamericana donde conoce a Henry White, agente americano representante de casas comerciales internacionales, con quien entabla rápidamente una fuerte amistad.
De esta forma Rosario Benavides, educada en Canadá, proveniente de una familia acomodada y honorable, acepta trabajar convirtiéndose en una asalariada, contrariando de esta forma los valores de la decencia, dignidad y caballerosidad que tanto preocupaban a su clase. En poco tiempo estrechó sus lazos de amistad con Henry White, con quien pudo olvidar a Joaquín Matamoros, el novio de toda la vida y protegido de su madre.
Si bien Matamoros carecía de capital económico, su familia poseía todos los títulos nobiliarios y la tradición honorífica necesarias para legitimar cualquier alianza matrimonial. A pesar de que Joaquín Matamoros buscó solventar su situación social y económica en la política, el matrimonio de estos dos sectores sociales venidos a menos no se lleva a cabo. Rosario, dando muestras de un sacrificio consumado, se niega a cualquier posibilidad amorosa con Henry White, a pesar del amor prometido por este.
Complementando las descripciones sociológicas y los perfiles psicológicos de los personajes, Gregorio Sánchez introduce un cúmulo de sugerentes imágenes sobre el carnaval caleño de los años veinte, nos relata la forma como se celebraban las festividades de fin de año:
Tras la enorme y ruidosa comparsa marchaba, a moderado andar, una enorme sucesión de vehículos de toda clase atestados de disfraces y gentes ebrias cantando y gritando hasta enronquecer. La multitud se aglomeraba, aglutinada casi confundida sobre los estrechos andenes en las anchas plazas, bajo el cobijo de los grandes portones, metiéndose en oleadas en las cantinas y cafés donde corre el licor como por abierta zubia y se hace el máximo barullo. Salas y lugares de baile parecían hervir esa noche por la concurrencia inagotable que se contorsionaba con placer frenético al desenfrenado compás de bandas y orquestas. Numerosas mujeres, hembras anónimas y hetéras en su mayoría, todas con las caras pintadas, muchas con máscaras disformes, jadeantes y sudorosas por ser las que más se movían; circulaban desenfadadamente por entre el gentío, rozándose con el vecino, empujando aquí, riendo allá, y dejando a su paso una estela de esencias marcantes y colores vivísimos.
En El Burgo de Don Sebastián, la crisis social es planteada cuando Julia Fernández de Urquijo impide a toda costa que su hermana Carmen mantenga relaciones amorosas con el joven aviador, teniente Camilo Loaiza. Las hermanas Fernández Urquijo, hijas del fallecido Coronel Calixto Fernández y de Mercedes de Fernández, quien ante la muerte del coronel se había quedado viviendo en la casona colonial, con un traje negro y “bebiendo copitas de ron calentados” para calmar sus dolencias. Julia Fernández, mujer de 25 años, casada con Reinaldo Montejo, abogado rico y prestigioso de la ciudad, dedica su tiempo libre a las labores de beneficencia, e impone a su hermana las figuras del ingeniero Góngora y del acaudalado comerciante de sedas Jeremías Otero. Las cosas no resultan como Julia había planeado; sin embargo, continuó interponiéndose entre Camilo y Carmen.
La tragedia en la novela no solamente está definida por la muerte de Camilo Loaiza durante una revista de aviación en “El Guabito”, sino por el secreto que Reinaldo Montejo descubre al escudriñar en la libreta de su esposa Julia Urquijo. Julia, la mujer abnegada que se encarga de la caridad pública y defiende la honra e intereses de su hermana, se siente atraída por otro hombre: el ingeniero Góngora. Sin embargo, este hecho no es suficiente razón para que el matrimonio Urquijo-Fernández se disuelva, pues pesan más las convenciones sociales.
Gregorio Sánchez pone al descubierto las transformaciones urbanas modernizantes de Cali y las vicisitudes que ellas acarrean. La arquitectura moderna de algunos barrios residenciales o en construcción; la ciudad “con sus oficinas, talleres y fábricas de toda índole”, así como sus atardeceres y sus noches; la “Avenida Uribe”, el cementerio, los días feriados; la vida en las vías públicas, el cabaret, el templo de San Francisco, el puerto fluvial de Juanchito. La ciudad vista desde la colina de San Antonio; la estación del tren con sus rateros y ladrones; la revista de aviones en “El Guabito”; el papel de los turcos y los libaneses en el comercio de la ciudad; el posicionamiento del sector profesional (ingenieros, abogados, médicos); el asombro y la perplejidad de los ciudadanos ante el confort y el bienestar que les producían los espectáculos públicos en el hipódromo, el estadio, las empanadas bailables en el Alférez Real, el circo, el aeródromo civil de la Scadta; los periódicos de la tarde y las películas en la noche. En pocas palabras, Gregorio Sánchez nos pasea por todo el conjunto de bienes, relaciones, individualidades y “mojones” urbanos que empezaban a marcar los nuevos referentes de la ciudad, y a decidir los modos de socializar en ella:
Abajo, a sus pies, se extendía, en efecto, un panorama de sorprendente belleza. Bañada por el plenilunio, la ciudad parecía vencida por los beleños del sueño. El mar de tejados cuyas primeras ondulaciones comienzan en las faldas de la colina misma, se perdía en la sombra difusa de la distancia, alterada su inmovilidad por los mástiles de las torres, por las hinchadas velas de las cúpulas, por las moles oscuras y erguidas de los altos edificios cribados de ventanas iluminadas. Aquí y allá, chimeneas de fábricas, semejantes a monstruosos cigarros apagados; antenas sutiles; astas desnudas que parecían perforar el aire embrujado de la noche. Como venas abiertas, las calles y avenidas rompían la unanimidad de los tejados, animadas a ratos por la fugaz presencia de algún automóvil que se deslizaba en silencio. Todo se veía diminuto: las gentes que circulaban, los vehículos que iban o venían, las innumerables luces encendidas desde temprano y que semejan ojos insomnes y expectantes. Pero estas luces eran quietas. Daban la impresión de ser luces serias, disciplinadas, de las que se burlaban las otras luces, multicolores e inestables, de los avisos luminosos, guiñadores y alegres.
De los cerros venían bocanadas de viento fresco. A un lado, en la abierta curva que forma la Avenida Belalcázar, se alza el barrio residencial El Peñón, con su caserío pintoresco y nuevo. Orlándolo, va el encaje móvil del río, plateado y fulgente. Los faroles de la sinuosa avenida vigilan la vía como centinelas extáticos proyectando en vano la luz de sus monteras de fuego. Hacia la izquierda, casi perdida tras de estribaciones de lomas, se divisaba parte de la urbanización tranquila de San Fernando. Y en el fondo, dilatada y plana, la vasta extensión, confusa y de términos imprecisos, encerrada en un semicírculo de montañas remotas que azuleaban en la lejanía, con azul espectral manchado de brumas.
Ascendieron la gradería, hasta la pequeña explanada. Mister Campbell iba delante, anhelante un poco, deteniéndose algunas veces para apreciar mejor los diversos aspectos del panorama. Al llegar junto al pedestal, alguien dijo, señalando hacia abajo, la urbe colmada de luces:
—He ahí la ciudad de Santiago de Cali y don Sebastián de Belalcázar.
Mister Campbell contempló una vez más el maravilloso espectáculo; fijó después sus ojos en alto, sobre la gran figura de bronce.
Gregorio Sánchez Gómez murió en diciembre de 1942 cuando desempeñaba el cargo de bibliotecario en la Biblioteca Municipal de Cali. A pesar de su gran producción literaria, de haber ejercido cargos estatales a nivel local, de haber dirigido periódicos como La Patria en Ríosucio, y de haber sido referenciado por escritores y críticos literarios de su época, de Gregorio Sánchez Gómez nadie sabe nada: nadie se acuerda de él; nadie tiene referencias, ni chocoanos, ni vallunos, ni caleños. Como rastro suyo solo nos quedan sus 20 obras publicadas, ubicados 9 de ellos en la Sala Valle del Centro Cultural Rodrigo Lloreda; algunos en el Instituto Caro y Cuervo; un ensayo, Fémina: Reflexiones sobre la mujer y su destino, en la Biblioteca de la Universidad San Buenaventura; y la obra casi completa en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá. Pero ninguno de estos espacios posee una conciencia real del valor de esta obra.
Un buen número de sus obras todavía se encuentran desaparecidas. Tenemos: de teatro, El ladrón enamorado (comedia), El secreto del profesor, Don Severo (drama), Girasol (drama); de poemas: Vista de colores; de interés general como Los impuestos en Colombia, El ahorro, Los problemas sociales; y varias novelas: Casada… y sin marido, Por distintos caminos, Árida senda, La nueva raza, Pajarito y sus obras y El inútil pecado. Estos libros que confirman su prolífica producción en los distintos géneros literarios aún se encuentran perdidos, no poseemos referencia, e igual acontece con su vida y descendencia familiar.
Aprovechar la efeméride de un autor como este va más allá de desempolvar un conjunto de libros viejos o de dar cuenta de los pormenores de su vida; se trata, más bien, de aprovechar la vida y obra del autor para dar cuenta de la configuración histórica del campo y la identidad cultural de la ciudad y la región. Gregorio Sánchez nos da esa posibilidad, a partir del conjunto de representaciones que permiten las variadas expresiones de la literatura, especialmente la novela histórica.

