Por: Óscar Collazos

Regresó a la vida cotidiana, espacio de estas reflexiones autobiográficas. García Márquez ha evocado sus años de estudiante en Zipaquirá: hoy vemos a un joven nacido en Aracataca, encerrado en un cuarto con sus libros y nostalgias, azotado por el frío de noches casi inacabables. Por esa Bogotá de los años 40 pasaron Manuel Zapata Olivella y Jorge Artel, llegados de Cartagena, y Amoldo Palacios, de Cértegui. Eran los años en los que la presencia de Diego Luis Córdoba y Manuel Mosquera Garcés en el Congreso de la República permitía pensar que el Chocó y sus comunidades tendrían en el futuro un destino distinto al de su marginalidad, pobreza y aislamiento. También ellos parecían moscas en un vaso de leche, habitantes en una ciudad ensimismada que daba la espalda a la periferia del país.
En el centro no miraban hacia las costas colombianas; miraban hacia Europa. Desdeñosos, los habitantes mestizos y blancos de la capital no pensaron que con el correr de los tiempos el trópico colonizaría, mediante migraciones aceleradas, un altiplano que desconocía los componentes étnicos de la nacionalidad colombiana. El mapa urbano de Colombia era incompleto sin la presencia de comunidades que se resistían a invadir al altiplano andino.
Ha pasado más de medio siglo desde entonces. Una imagen me viene a la memoria: deambulaba en 1962 por el centro de Bogotá, y fui a dar a la Plaza de Bolívar. Miraba la altivez clásica del Capitolio desde un costado de la Catedral, en la esquina del Colegio Mayor del Rosario. Un hombre, vestido con un temo gris casi negro, descendía los escalones de la sede del Congreso. Reconocí al Representante a la Cámara Néstor Urbano Tenorio, liberal de Buenaventura y del Valle del Cauca. Era nuestro representante. El Pacífico cifraba en su gestión parte de sus expectativas. Pero, por desgracia, su discurso seguía vinculado al de la oficialidad liberal, parca o silenciosa ante la composición étnica del país. Sin embargo, en estas figuras se cifraba una esperanza redentora, en cierto sentido defraudada.
Todavía en 1962, año que evoco, la población afrodescendiente que habitaba la capital era una minoría, por no decir una rareza. Por los alrededores del Capitolio, cuando se desplazaba desde Buenaventura para buscar apoyo económico a su gran empresa de recuperación cultural, veía a veces al folclorista Teófilo Potes. Vestía de blanco impecable y tenía la osadía de caminar descalzo sobre los adoquines de una ciudad levantada a 2.600 metros de altura sobre el nivel del mar, como lo hacía en los vericuetos lacustres de Venecia, en azaroso barrio de Buenaventura construido a un costado de Pueblo Nuevo, rincón de miserias donde los niños se bañaban o pescaban en medio de la densidad excrementicia de aguas contaminadas.
La historia del folclor afrocolombiano debe a Teófilo Potes tanto como le debe a Delia Zapata Olivella, a Leonor González Mina y a Esteban Cabezas. Un escritor, injustamente olvidado, habitaba en la capital, sorteando las trampas de la pobreza con una gran dignidad: Carlos Arturo Truque, una de las voces literarias más significativas de la costa del Pacífico colombiana. Lo recuerdo tímido, modesto y digno llegando al cuarto del hotel Continental donde nos hospedábamos los escritores que asistíamos al Congreso Nacional organizado por Manuel Zapata Olivella. Quería saludar a su amigo Manuel Mejía Vallejo. No sé si resulte humillante para su memoria recordar que al hombre admirable que vi entonces lo recorría el signo trágico de la pobreza. Pensé en el destino de los escritores colombianos pero también en la tremenda soledad de un escritor negro en medio del altiplano cundiboyacense.
Evoco a estos personajes porque, como chocoano afincado en Buenaventura, veía en ellos el lazo de unión que me devolvía a una memoria cultural todavía incipiente. Me crié en un barrio pobre de Buenaventura, a pocos metros de un matadero y de las destartaladas casas de madera y bahareque que se construían en los esteros de la periferia porteña. Me familiaricé desde niño con rituales y ceremonias de negros, como decía mi padre, nacido en Cali, blanco con tendencias racistas inconscientes. Me fugaba en las noches hacia esa ranchería, atraído por la música de las novenas, fascinado por la belleza trágica de los alabaos o por la sensualidad primaria de un baile de currulao. Y estos recuerdos son inseparables del recuerdo que aún conservo de Teófilo Potes, de la Buenaventura de mi adolescencia y del periplo anual que realizaba en destartalados barcos de cabotaje por las costas del Pacífico. Allí se nutrió el alma de mis primeros cuentos y novelas. Aquellas costas, limitadas por la inhóspita serranía, dibujaban una frontera real con el mundo del interior y se constituían en metáfora de una separación, es decir, de una exclusión que empezaba siendo topográfica y se convertía en dolorosa exclusión social.
Estos personajes eran-repito- los referentes de nuestra memoria cultural. Eran tan pocos, que parecían lunares excepcionales en el rostro de un país que vivía la ilusoria convicción de ser un territorio de blancos y para blancos, o de mestizos avergonzados de su mestizaje. Moscas en un vaso de leche, pero de la agria leche que se ordeñaba en un altiplano andino desdeñoso y ensimismado. La suerte del escritor Carlos Arturo Truque era uno de los tantos ejemplos de esta exclusión.
Dos celebridades llamaban entonces la atención de quienes veníamos del Pacífico: Delio Maravilla Gamboa y Marino Klinger, futbolistas que conocieron más gloria que fortuna. Unos pocos años más tarde, la lista añadiría el nombre de Víctor Campaz. El triunfo en el deporte era un refugio de esperanzas y ha seguido siéndolo en mayor medida con el paso de los años. Pero la industria del deporte no había alcanzado todavía los niveles de una fabulosa compraventa de talentos, convertida en un lugar privilegiado de las esperanzas en una comunidad sin esperanzas. Boxeadores, atletas y músicos disfrutarían del éxito y de la fortuna, pero algunos probarían también el mal sabor de la tragedia. Ninguna es más dolorosa que la del palenquero Antonio Cervantes, mejor conocido como Pambelé. Dentro del mundo del espectáculo, la televisión aceptaría la existencia de esta población, insoslayable en la cultura cotidiana de los colombianos. Series importantes como Azúcar darían cuenta del pasado de las comunidades afrocolombianas pero también de los mecanismos de segregación dados entre las poderosas familias de la industria azucarera del Valle del Cauca.
Pero, en general, esa misma televisión condenaría a los artistas a papeles pintorescos y secundarios. El espectáculo televisivo siguió siendo blanco, blancas sus fetiches eróticos, blancos los protagonistas de sus series. Vuelvo a mis recuerdos. Pasear por la Carrera Séptima en la Bogotá de los 60 era una rutina diaria. En ese paseo, que iba la Avenida Jiménez y no pasaba de los puentes de la 26, que descendía hacia la carrera Décima y la Avenida Caracas, podían contarse con los dedos de las manos, entumecidas por el trío andino, los afrocolombianos que deambulaban durante el día. Parecían extraños fantasmas en una geografía ajena. La noche no era propicia para esta clase de paseos: los pocos negros que habitaban la capital se enclaustraban al entrar la noche, embutidos en suéteres que contenían otros suéteres que, a su vez, se sobreponían a camisa y camiseta. ¡Impensable un negro con ruana! Los paisas de ascendencia afrocolombiana, nacidos y crecidos en las minas de Antioquia o el Viejo Caldas, emigrarían hacia Medellín, también foco de las migraciones chocoanas. Pocos lo hacían hacia Bogotá. Impensable un negro, en la gélida Bogotá de entonces, que no llevara un blindaje protector. Venían del caliente y húmedo trópico de las costas. En sus cuartos de pobres, en los alrededores de la Ciudad Universitaria, en las lúgubres pensiones de la Carrera Décima o La Candelaria, en las residencias del centro donde convivían con putas y taciturnos profesionales de lucha libre, parecían invisibles a la ciudad.

No parecían; lo eran. La invisibilidad es el no reconocimiento. Es el signo de la exclusión. En una hermosa novela del norteamericano Ralph Ellison, The Invisible Man, leída en 1966, descubrí que esa invisibilidad constituía una condición de las sociedades dominadas por el racismo, como lo era la sociedad norteamericana que asistía sin los derechos civiles de los negros. Fue una lucha en muchos aspectos sangrienta: la historia de los Estados Unidos de América es una historia envilecida por el asesinato del Reverendo Martín Luther King y las sucesivas represiones policiales a las comunidades de los ghettos negros, sublevadas al fin en el corazón de la sociedad blanca, anglosajona y protestante.
Es curioso que, como lector y aprendiz de escritor, haya descubierto los mecanismos de la exclusión social en estos autores, en Richard Wright, en Elridge Cleaver, en James Baldwin, en Angela Davis. Viéndolo bien, no demasiado curioso. La literatura norteamericana escrita por negros universalizó primero que la nuestra un conflicto que un escritor judío de Brooklin, Norman Mailer, llamó el problema blanco. Algunos escritores blancos de ese país, desde el Mark Twain(Tom Sawyer) hasta William Styron(Las confesiones de Nat Turner), pasando por William Faulkner(Luz de agosto) y Erskin Caldwell(Tabacco Road), recrearon en sus obras la trágica y heroica lucha de los negros estadounidenses, antes de que estos tuvieran voz propia. Se existe pero no se es visto por las mayorías.
Para los intelectuales colombianos de los años 60, la revelación de las negritudes venía de la mano de un gran filósofo francés: Jean-Paul Sartre. Descubrir la poesía africana y antillana de Aimé Césaire y Leopold Sedhar Sengor-primer presidente de Senegal- nos condujo al redescubrimiento de Nicolás Guillén, Palés Mattos y Jorge Arte!. La descolonización cultural de África pasaba por este retorno al país natal, título de uno de los libros mayores de Césaire. ¿Y qué no decir del combativo Franz Fanon, cuyo discurso sobre los condenados de la tierra se convertiría en Biblia de quienes buscábamos nuestras raíces culturales en la tradición afrohispanoamericana?
Desde entonces, el debate sobre la identidad afrocolombiana no ha cesado y, en este sentido, ningún escritor como Manuel Zapata Olivella ha insistido con terquedad de buey y lucidez de buho a la consolidación de un discurso que nos devuelva a las raíces escamoteadas de nuestra identidad. Changó el gran putas, su monumental novela, es el canto coral de esta búsqueda incesante. Quien no quiere ver no quiere reconocer al otro. Se ve a sí mismo; no ve al diferente. Éstas son algunas de las reflexiones que pueden hacerse alrededor de esta rica literatura poética y novelesca.
No conozco las cifras exactas sobre la población afrodescendiente que habita el territorio colombiano. Se habla de un 30% sobre una población de 43 millones. Su reproducción es, sin embargo, directamente proporcional a sus índices de marginalidad. Ésta ha ido aumentando, probablemente en ritmo superior al de, por ejemplo, las comunidades indígenas del país. Y lo hace por una razón esencialmente cultural: la sexualidad sólo es concebida en el grueso de estas comunidades en su función reproductora. El control de la natalidad, en cualquiera de sus métodos, es casi inexistente. A éste se llega por un estado superior de la conciencia social y por medio de un proceso de educación que ha estado ausente o no ha tenido eco alguno en las comunidades afrocolombianas.
Se comprueba así una paradoja universal: a mayor grado de pobreza y desamparo social, mayores índices de población, menores grados de planificación familiar. Lo que hace cuarenta años era una rareza, hoyes una simple constatación: las grandes capitales del país han añadido a su paisaje urbano una numerosa población de negros y mulatos que, medio siglo atrás, vivía en los extramuros de algunas ciudades. En Cali, capital de un departamento azucarero, consolidado económicamente dentro de una cultura de plantación, los negros se apiñaban en las márgenes del Río Cauca, cerca de sus lugares de trabajo, confinados en barracones y en viviendas improvisadas, o en los suburbios de una ciudad que, con los años, se convertiría en receptora de escandalosas migraciones de la costa hacia el centro. Un ejemplo bastaría para representar el dramatismo de estas migraciones: el Distrito de Agua Blanca de la capital vallecaucana.
Las periferias de las costas del Pacífico y el Caribe han invadido estos centros urbanos y lo han hecho por motivos diversos: búsqueda de oportunidades en el mercado del trabajo, lazos de parentesco que se convierten en atractivas unidades de familia en constante crecimiento, impulsadas por una solidaridad de grupo tan primaria que sería motivo de estudios antropológicos: las ramas familiares extendidas como apretados lazos en un robusto tronco que añade incluso los compadrazgos, también objeto de solidaridad. Y, por último, los desplazamientos forzados desde las zonas azotadas por la violencia armada, desplazamientos que en los últimos años han afectado trágicamente a la población afrocolombiana del Chocó, el Urabá antioqueño y el sur de Bolívar, y que, de prolongarse el conflicto armado, amenazaría también a la población costera de los departamentos de Nariño y Cauca.
Las periferias de las costas del Pacífico y el Caribe han invadido estos centros urbanos y lo han hecho por motivos diversos: búsqueda de oportunidades en el mercado del trabajo, lazos de parentesco que se convierten en atractivas unidades de familia en constante crecimiento, impulsadas por una solidaridad de grupo tan primaria que sería motivo de estudios antropológicos: las ramas familiares extendidas como apretados lazos en un robusto tronco que añade incluso los compadrazgo s, también objeto de solidaridad. Y, por último, los desplazamientos forzados desde las zonas azotadas por la violencia armada, desplazamientos que en los últimos años han afectado trágicamente a la población afrocolombiana del Chocó, el Urabá antioqueño y el sur de Bolívar, y que, de prolongarse el conflicto armado, amenazaría también a la población costera de los departamentos de Nariño y Cauca.
Hago memoria. La Bogotá que conocí a comienzos de los años 60 era una ciudad donde todavía la presencia de un afrocolombiano desataba toda clase de supersticiones. Al paso de un negro por una de las céntricas calles de la capital, las señoras-blancas o mestizas- hacían extrañas musarañas. La más frecuente consistía en echarse saliva en un dedo y tocar con éste alguna parte del cuerpo. Se creía que este gesto traía buena suerte. Esta, en apariencia, inocente superstición, contenía el germen de un racismo que con los años tendría otras manifestaciones. ¿Exorcismo ante la presencia del demonio? ¿Gesto segregacionista que convertía al negro en objeto parecido a un amuleto? Probablemente. La reacción más brutal y directa, con el tiempo, equivalía al temor al negro como sujeto delictivo. La más indirecta y por ello no menos reveladora: la exclusión de las comunidades afrocolombianas, pese a su evidente crecimiento, de las grandes decisiones del Estado. La Constitución del 91 introdujo una figura esperanzadora: la de la circunscripción especial destinada a comunidades indígenas y afrocolombianas. Algunos entre los aquí presentes están en la vida política y sus testimonios son mucho más fiables y reveladores que los míos. ¿En qué medida ha servido esta circunscripción especial para que la población afrocolombiana empiece a ocupar el lugar que reclama en las decisiones del Estado y en los planes de desarrollo del país? ¿En qué medida, mediante su participación activa en la promulgación de leyes y en la discusión de los presupuestos generales de la nación, esta representación ha podido influir en los planes de desarrollo de las comunidades afrocolombianas? Pero, y la pregunta es seguramente polémica: ¿en qué medida los congresistas de esta circunscripción se han montado en el carro de la política tradicional, alimentando el clientelismo y la corrupción administrativa o tratado de romper las prácticas políticas que atan al legislativo al status quo? Estas preguntas serían un buen material para el debate público, pues compromete la suerte de entre 10 Y 12 millones de colombianos. Hago memoria. Éste es un texto que pretende añadir reflexiones a algunos hechos más o menos cotidianos. En la Universidad Nacional, donde empecé a estudiar sociología en 1962, la población afrocolombiana no llegaba al centenar. Tal vez, ni siquiera, al medio centenar. Los afrocolombianos de las costas eran más visibles en la Universidad Libre, donde cursaban la carrera de Derecho. Habría que apoyar esta afirmación con datos estadísticos.
Una comunidad no solamente adquiere importancia cultural y presencia política en razón de su crecimiento numérico. La adquiere cuando se inserta realmente en el mapa social de un país y llega a las altas instancias del poder. La adquiere cuando su cultura es reconocida como seña de identidad e insertada en el tronco de un país multiétnico. Si se la reduce a muestra exótica o pintoresca, tendencia que aún perdura, se la reduce a marginalidad.
La industria de la cultura, que es industria del espectáculo, ha acabado por reconocer y difundir buena parte de la cultura musical de nuestros pueblos, no en razón de su esencia y significado como en virtud de un complejo mecanismo de comercialización en el cual muchos productos corren la suerte de convertirse en modas pasajeras, más temprano que tarde recicladas por nuevas modas. Temo, por ejemplo, que es lo que pueda suceder con la reciente explotación de la champeta, la música que identifica a la inmensa población marginal de Cartagena de Indias.
La industria del espectáculo es culpable también de la desvirtuación de muchos productos culturales, o de la expresión cultural que se reduce a moda comercial es de inmediato despojada de su significación real.
Todo el país, por ejemplo, se ha puesto a cantar y bailar, sin importar su condición étnica, con la música del Caribe originaria de Cuba y Puerto Rico. Pero no creo que el fenómeno haya cambiado en lo esencial la percepción que se tiene de las culturas que han dado origen a la salsa o al son. La tropicalización del altiplano se ha dado no solamente por los flujos migratorios de población sino por el empeño que la industria cultural ha puesto en la difusión y comercialización de numerosas tendencias musicales de procedencia afroamericana.
¿Qué hay detrás de estas evocaciones y reflexiones? Una constatación: las comunidades afrocolombianas se han vuelto visibles en el mapa de nuestras ciudades, pero su visibilidad es relativa. Sólo excepcionalmente hacen parte de la vida social, entendida ésta como relación entre las partes distintas de un todo. El ghetto población que se forma por instinto defensivo de grupo es, a la larga, el reconocimiento de la exclusión. El grupo se forma como autoprotección. Se separa porque teme ser segregado o excluido. Altivo y celoso, cifra su orgullo en la conciencia de ser diferente pero también en el temor de no ser reconocido.
El problema no es suyo. Quiero decir, el problema no es de las comunidades que se agrupan en el tejido urbano adquiriendo su propia territorialidad. El problema es de la sociedad y de los prejuicios que la sustentan.

