Por: Óscar Olarte
Bajo el sol inclemente de Santiago de Cali, una ciudad marítima sin mar, se ve un hombre de impecable blanco al que se le envidia el sombrero, la pañoleta roja y la sonrisa de los hombres de mar y sueños. Oscar Olarte es ese juglar que deambula con su mochila cargada de historias. En los libros o en las palabras, el Pacífico vive en él. Viajero incansable, investigador por motivos vitales, y un escritor que a punta de historias, muchas de las cuales aún inéditas, nos contagia de Pacífico. La revista Pacífico Sur publica un breve fragmento de su última novela próxima a publicarse.

Un gran barco de velas apareció en dirección contraria y alguien aprovechó la ocasión para cambiar el tema:
—Se cosecha tanto cacao como hace falta para todo el Reino del Perú y se envía también mucho a Acapulco y a las islas Filipinas, llevan telas de Quito, pasan por Guayaquil y visten el reino del Perú y todo lo que a Quito se lleva pasa también por Guayaquil.
Era una voz ronca, la de Gustavo Gómez, que alguna vez estuvo en el río Guayas del que decíase capital de los Países Bajos equinocciales por la semejanza de sus terrenos con los Países Bajos de Europa y afirmábase estar poblado de mujeres casaderas sin que se muevan los varones por la codicia de las dotes —como sucedía en otras ciudades— por no ser tan grandes sus caudales en un comercio siempre lleno de forasteros donde cobrábase derechos de entrada y salida y gobernaba un corregidor sujeto al presidente de la audiencia de Quito, y a él, los tenientes que nombra en los territorios anegados por los grandes aguaceros; y hablábase de Asiento de Cajas Reales con jueces oficiales de la Real Hacienda, tesoreros y contadores de tributos y alcabalas, de sabandijas e insectos intolerables, de culebras venenosas, alacranes y ciempiés, de toldos para dormir, de lámparas apagadas por la muchedumbre de mariposas nocturnas y murciélagos revoloteando alrededor de ellas, mientras la plaga de ratones que llaman pericotes caminan por todos los salones, suben por los toldos, bajan por las paredes y hacen peripecias en las cocinas como si tal, por estar acostumbrados a la gente, que delante de ella se tiran a la vela con que se alumbran y cogiéndola se retiran a comérsela. Se habló de cocotales que refrescaban el aire húmedo y bochornoso de diciembre hasta abril en que se experimenta el rigor de las lluvias, de la mayor fuerza del calor y la furia de las crecientes de los ríos que inunda los llanos, impiden los caminos, cierran las montañas e imposibilitan la comunicación de unas provincias con otras hasta el mes de mayo que termina con los aguaceros para que empiece la estación del verano, descubriéndose el cielo, serenándose el meridiano y bajando cristalinos los ríos reducidos a las márgenes de sus orillas para que emerjan los campos fertilizados, como los de Egipto con las inundaciones del Nilo.

