Ninfa Aurora Rodríguez o la persistencia de la vida

Por: Juan Carlos Moyano Ortíz

Hablar de Ninfa Aurora Rodríguez es hacerle un homenaje a la resistencia creativa y a la devota convicción que una mujer ha tenido por las artes y las expresiones de la memoria cultural del Litoral Pacífico. No es una folclorista propiamente dicha, ni una música en el sentido convencional; es una maestra de experiencias vitales, una artista natural. En ella se entrelazan diversas raíces y se encuentran buena parte de los signos que intervienen en el componente étnico de la región. Tiene sangre indígena, negra y mestiza. A simple vista puede pasar desapercibida, pero quienes la conocen saben bien que se trata de una mujer que guarda valores esenciales y que además ha cultivado el conocimiento popular, humilde y directo, sin arandelas, en la práctica de aprender y enseñar. Por eso, su proceso personal y su labor comunitaria la vuelven singular en el panorama de Buenaventura, un puerto habitado por una gran cantidad de familias de la franja costera y de los ríos, que conviven en una constante alquimia donde resuenan las marimbas de chonta y los tambores ancestrales. Ninfa es un pilar y una cantera, una mujer joven y vieja, que nació para vivir y para crear, con sus propias manos y con su terca capacidad para persistir.

Nació el 24 de septiembre de 1927 en un pueblito llamado Noanamá, a orillas del río San Juan, en el Chocó. En ese pueblo vivían los indígenas y los descendientes de africanos, en una vecindad que mantenía las distancias pero que ocasionaba momentos inevitables de encuentro de las culturas. Ninfa recuerda con aprecio la sabiduría botánica y la cestería de los noanamaes y los días calientes junto al fogón de negras de la familia de su madre, donde las mujeres cantaban y bromeaban con chismes y con historias sazonadas al calor de la palabra, factor sustancial de la tradición profunda de los pueblos. Hija de Felipa Mosquera Ordóñez, morena chocoana, y Alejandro Rodríguez Quiñones, mestizo, hombre de mar, procedente de Tumaco. Desde niña la separaron de la mamá y la llevaron a Buenaventura. La negra Felipa y las mujeres que acompasaban el ritmo del agua mientras lavaban a la orilla del río, quedaron como un recuerdo en Noanamá. En el puerto la criaron Maura Prieto y Rafael Rengifo, una prima hermana y su esposo.

Insiste en los vínculos de la sangre. Habla de los doce hijos que ha tenido. Suelta las palabras con paciencia, como anudando cabos, como entrelazando raíces. Dice que sus abuelos paternos fueron María Antonia Rodríguez Estupiñán y Manuel de La Cruz Quiñones Valencia y que sus abuelos maternos, los chocoanos, se llamaron José David Mosquera Rivas y María Juliana Ordóñez Rentería. Dice que uno es de donde nace, de donde vive, del lugar de los padres y de los abuelos y de los sitios donde lo conocen y lo recuerdan. Uno también es del sitio donde se originaron los ancestros porque todos somos una suma inevitable de olvidos y recuerdos y herencias imposibles de borrar. Ella es del Pacífico, de Buenaventura, del Chocó, de Tumaco, de África y de España, porque también tiene antecedentes europeos, como buena parte de los nacidos en América después de la conquista.

Noanamá fue la cuna donde la alumbraron y Buenaventura se convirtió en la matriz de crianza, en el ambiente donde creció, entre las calles, las casas palafíticas, las playas y los guandales, donde cada vez había menos mangles y menos pianguas, porque el puerto fue creciendo, con gente de todas partes, con barrios que brotaron en los sitios más inesperados. Ninfa suspira y ríe. Su vida está llena de personas, de nombres, de rostros, de lugares, de años, de huellas, de plantas curativas, de aromas de frutos tropicales, de animales de monte, de bailes y de cantos.

Desde niña le gustaba cantar. Se le salían los ritmos y las melodías mientras hacía mandados o cuando estaba jugando. Ahora canta como una mujer vieja, con una voz ronca, un poco nasal, pero no ha perdido el desprevenido sentido musical, la frescura de niña, la gracia de la infancia. Vive rodeada de niños, entre nietos y vecinos, a quienes transmite su sabiduría con los instrumentos y las palabras. Nunca ha dejado de ser una persona briosa y optimista, capaz de hablar cosas trascendentales siendo a la vez espontánea y alegre.

Recuerda que la prima Maura la enviaba a repartir arepas en las tiendas y que ella se iba cantando todo el tiempo y andaba con un carbón para escribir letras y palabras, que veía en los anuncios de los almacenes. Reproducía números y letreros en papelitos y preguntaba por el significado y lo grababa en la memoria. Era el interés de conocer, por cuenta propia, por gusto, por instinto, por avidez personal. Gustavo Rojas Pinilla, comandante de la base naval del puerto en esa época, le regaló una pizarra y un lápiz de carbón de piedra. Cuando tenía tiempo libre, Ninfa escribía y dibujaba y no dejaba de cantar, como ahora —en su casa del barrio Santa Cruz, en la calle de La Pila— que recuerda “espejito compañero, mírame, qué triste estoy…”, como rescatando un paisaje emocional, con el anzuelo de la voz, con las sílabas que van armando una frase y una tonada que tararea con regocijo y nostalgia. Cuando se canta hasta la melancolía se vuelve dicha. En el Pacífico las mujeres adoban los alimentos con canciones, y de las cocinas, a veces, salen gratos olores y hermosas voces de ninfas afroamericanas nacidas con el don de la música y la culinaria.

Se reconoce estudiosa, investigadora innata, silvestre, con esa curiosidad sin término que la hace escudriñar todo lo que ve, oye, siente o se imagina. Sonríe rememorando que le gustaba pasar la calle Cundinamarca para ver cómo jugaban las niñas del colegio San Rafael. Un día una monja le preguntó que si no tenía oficio, pues la encontró embelesada, mirando a las estudiantes. Ninfa le respondió que sí tenía bastante oficio, pero que le gustaba la escuela. La monja le dijo que entonces entrara a estudiar y la niña le respondió que no podía porque su mamá estaba lejos y su papá era navegante y andaba de viaje y que por eso la había dejado encargada a su prima, al frente, pasando la calle. La monja logró que la dejaran ir a clases. En esa época alguna gente pensaba que la educación no era para mujeres. Pero Ninfa estaba destinada a cumplir su cometido y tuvo la oportunidad de ir a la escuela. La monja se llamaba Enriqueta Vásquez Cobo, la fundadora del primer colegio femenino en Buenaventura. Una mujer de familia notable y de renombrada vocación por la comunidad. Ninfa aprecia sobremanera a la hermana Enriqueta. Recuerda su rostro y la imagen que de ella hicieron los pintores de San Cipriano, en el mural de la alcaldía.

Ninfa cree que ella nació con la vena artística conectada directamente con la naturaleza expresiva de su sensibilidad. Ha hecho mil oficios y ha lidiado con una familia grande y ha querido a un marido llamado Juan Murillo, que hoy está ausente porque vive en la dimensión de la muerte, en los atajos de la memoria. Era un negro fuerte, que trabajaba en el Puente del Piñal y que olía a resinas, a viruta, a madera húmeda. Pero ni los deberes familiares ni los funerales, le han impedido desempeñarse en los asuntos creativos, por necesidad, sobrevivencia y placer. Entre su gente, sin pretensiones, cumple un rol sencillo, desde su barrio, enseñando y transmitiendo lo que otros han olvidado. Es una memoriosa, una sabedora, una palabrera, una madonna, como le dijeron alguna vez sus vecinos, una mamá grande, como le dicen sus amigos artistas, en los festivales de teatro o poesía, cuando la invitan y le dan alas para que sus palabras fluyan.

A los siete años compuso su primera canción: El camarón. Una palabra, unas líneas, una tonada y una base rítmica pegajosa, con la cualidad de ser asimilada fácilmente. Una canción sencilla, que se propagó entre la gente que le gusta la música del litoral y que muchos años más tarde ella sigue repitiendo, con entusiasmo desbordante, como si la acabara de componer. Ninfa revive la calle de la puerquera, que era una bajada al mar, por donde un señor que criaba marranos colocaba una canoa para que los animales, cuando ascendía la marea, subieran hasta el rancho. La niña inquieta, cuando la marea estaba abajo, buscaba peces y camarones en los charcos que se formaban. Los camarones le despertaban una curiosidad inmensa. Le parecía un animal extraño. Les echaba migas de pan y de arroz, los veía moverse y caer en sus manos. Una vez apretó un camarón y un agudo pinchazo la hizo gritar. Sacudió la mano y lo lanzó fuera del agua, sobre la arena. Lo tomó de nuevo, le observó la colorada coraza que lo recubre, las patas, los ojos. Luego, en el colegio, comenzó a despresarlo y a canturrear desprevenidamente. La hermana Enriqueta preguntó qué hacía y Ninfa contestó que haciendo una canción. La monja rió y fue a la capilla, pensando quizá que estaba ante una chiquilla loca. Ninfa continuó desmenuzando el camarón, probando su carne y su textura con la yema de los dedos. Así fue apareciendo la canción, con ritmo de juga, con sabor: “Yo le vi la barba al camarón… viene el camarón… con el ojo rojo… el camarón… el camarón… el camarón…”.

Como buena parte de las composiciones del litoral, El camarón existe en la medida que es música que se reitera y se queda en el aire y se repite en la vida cotidiana o en las fiestas. Unos músicos se la pasan a otros músicos o alguien que escucha luego la rehace y así se multiplica y termina siendo parte de una especie de patrimonio colectivo. Ninfa sabe que esa canción la parió ella pero dice que les pertenece a todos los que la quieran cantar. Así es la música popular, al fin y al cabo, en esos parajes del Pacífico colombiano, selváticos, calientes, llenos de febrilidad y encantamiento. La hermana Enriqueta la animó para que continuara componiendo. Y ella así lo hizo, jugando, sin imponerse límites, como la lluvia cuando cae sobre los tejados de zinc y la música brota por todas partes, como los loros cuando están alegres o como el mar cuando murmura o ruge o estalla o se calma. Sí, desde niña tenía carisma. Tenía iniciativas y unas ganas enormes de manifestarse. Compuso pensamientos, poemas, cuentos, canciones, en papeles sueltos, en cuadernos, por ahí, expuestos al azar, a los vientos, al tiempo. Escritos que se han perdido o han pasado de mano en mano o no fueron escritos y se mantuvieron en la magnitud invisible de la oralidad.

Su escuela natural, donde enseña muchas cosas útiles para vivir —sobre todo artesanía, música y cultura— se llama El camarón, todo sirve. Ella insiste en colocar como ejemplo la utilidad de todo lo que existe. Lo importante es el ánimo y el ingenio, la destreza del cerebro y la respuesta del cuerpo. Así, surgieron otras canciones, con el paso de los años, con el esfuerzo de vivir: La sortija de Domitila, Las brujas hechiceras, Levántate negro, Dolores baila en la arena, Catalina la negra caliente, son otros de sus temas que andan por ahí, entre el recuerdo y los festejos. Algunas veces ha obtenido premios y trofeos en festivales folclóricos y en eventos, pero nunca ha tenido dinero y siempre se ha ganado la vida luchando a brazo partido con la pobreza endémica de casi toda la gente del litoral.

Siendo niña aprendió a ser partera, por accidente, como ella misma lo confiesa. Estando en el hospital Santa Helena, tuvo que ayudar a parir, porque en ese momento no se encontraban los médicos y tampoco estaban las enfermeras. Sólo estaba ella, que pensaba colaborar con una de las monjas, sirviendo teteros. Recibió por primera vez a una niña y la bañó y la envolvió en un pañal limpio. La sangre le saltó al rostro, la vida le bañó la cara y una emoción sobrecogedora la hizo sentir el misterio del nacimiento. Más adelante hizo un curso y de nacimiento en nacimiento aprendió a ser una partera muy joven, que le daba la bienvenida a los que venían a debutar en este mundo. Los arrullaba y les cantaba, para que se mecieran al ritmo del oleaje, porque los sueños y el mar tienen su parecido y la línea de la vida es como un viaje en un barco que es el cuerpo movido por los ventarrones del tiempo y por la fuerza de los elementos.

Luego la existencia la siguió retando y vinieron arduos trabajos que contribuyeron a su forja de mujer con carácter y habilidad para enfrentar las dificultades. Se casó con Juan Murillo, un negro fuerte, que a veces la entendía y a veces no la entendía. Tuvieron una docena de hijos e hijas y cada uno fue distinto, como un mapa de rasgos propios donde cada cual tomaba su rol y era según su espíritu. Pero criar no le mermó energía para su arte y su búsqueda. Más bien los niños la obligaron a ser más cuidadosa y profunda.

Contribuyó a la formación del barrio Santa Cruz, junto al puente del Piñal, a este lado de los aserraderos y los depósitos de madera, en la parte continental, frente a la isla de Cascajal. Sus dedos y sus manos se curtieron con el trabajo. Hizo sombreros con jigra y trajes con damagua y con la concha del coco se inventó una muñeca negra llamada Domitila. Una muñeca alegre, sabia, portadora de buenas noticias. Domitila la divina, hecha una y mil veces, siempre distinta y siempre la misma. Muñeca llena de simpatía, rústica, vieja y niña, como Ninfa. Muñeca que recuerda los fetiches africanos y las fibras indígenas y la idiosincrasia mestiza.

Su nombre, Ninfa Aurora, es bello y tiene significado y simbología. ¿Quién sabe si sus padres serían conscientes del nombre cuando la bautizaron? Una ninfa, en la mitología griega, es una entidad que encarna fuerzas naturales, con forma femenina y espíritu mágico. Aurora es el esplendor que antecede el nacimiento del día, es el comienzo de la luz, es el alba que se extiende anunciando la mañana. Ninfa también es ese capullo tibio que está entre la oruga y la mariposa. Ninfa Aurora podría ser persona que tiene el conocimiento de la luz, que está en la franja entre el final de la noche y el comienzo del día, que tiene los vestigios de la memoria remota y la claridad sencilla que se aprende con los años y los aconteceres primordiales. Ninfa es católica pero en sus creencias confluyen rasgos culturales que desbordan la ortodoxia y dan cabida a creencias animistas y a conceptos sincréticos de lo humano y lo divino. Es una mujer cristiana y una mamá grande, menuda, delgada, sagaz, capaz de cualquier aventura que contenga posibilidades artísticas o artesanales. Con frecuencia alude a monseñor Gerardo Valencia Cano, vicario apostólico de Buenaventura y obispo de pobres, de indígenas y negros.

Este hombre, honesto y rebelde, trabajó con humildad para su pueblo y estuvo involucrado en la dinámica de un pensamiento que hizo replanteamientos de fondo en torno a las responsabilidades sociales de la Iglesia. Gerardo Valencia habló de la liberación, del amor al prójimo, de los ejemplos de Cristo, de la verdad latinoamericana y de los deberes de los cristianos, frente a Dios, a los hombres y a su circunstancia histórica. Gerardo Valencia tocó el corazón de Ninfa y ella aceptó su guía pastoral. Por eso estudió con ahínco, por Radio Sutatenza, tratando de superarse, luchando contra la ignorancia que campea a diestra y siniestra donde hay olvido y pobreza. Gracias al ánimo y a la fe que le infundió monseñor Valencia, Ninfa pasó los exámenes y fue nombrada como maestra de artesanías y folclor en el Centro de Capacitación para adultos Alfonso López Pumarejo.

A comienzos de los años ochenta las canciones La sortija de Domitila y Las brujas hechiceras fueron incluidas en un álbum de compositores colombianos, lanzado por Colcultura. Ninfa lo recuerda con orgullo, porque siente que ha vivido y que sus méritos están ahí, así todo el mundo no lo sepa. Han escrito artículos sobre ella y la han invitado a festivales de cuentería, teatro y poesía. A pesar de las controversias, ella pertenece a esa especie de sabios en la cultura del litoral que han vivido en el puerto. Personajes como Margarita Hurtado, Mercedes Montaño y Ninfa Aurora tienen un lugar en la memoria colectiva. Ellas y otras personas siguen alimentando la diversidad orgánica de la sabiduría popular. Sin embargo, a pesar del Siglo XXI, en los barrios populares de Buenaventura, como en los pueblos y en los caseríos de la costa, se vive en otra época, más o menos distante del estrepitoso caos contemporáneo. La palabra todavía tiene peso y las trovas, las décimas, las coplas, los cuentos, los juegos y los bailes mantienen una importancia definitiva para que la comunicación funcione, culturalmente hablando. Las noticias y los acontecimientos viajan en verso y las verdades y las ironías se dicen en filudas rimas. La gente escribe poco, lee poco, pero habla, baila y toca de una manera muy elocuente. Los lenguajes sonoros son exuberantes y los cuerpos siempre parecen estar expuestos a los movimientos rítmicos de la música. Hay percusión en los acentos del habla y en las danzas y en la manera de caminar. En ese sentido, muchas de las composiciones de Ninfa Aurora no se reducen a los textos que ha escrito. Su peso específico es más amplio y la escritura es apenas un tímido referente en un contexto donde la oralidad es todavía preponderante, como la comida y los tambores.

A Ninfa le brillan los ojos de alegría. Ya estamos terminando el año 2001 y ella continúa dando lata, a su manera, sin acomodarse a ningún esquema. Ha enterrado a sus hijos, a su marido, a su madre, la negra Felipa, que murió no hace mucho, cuando tenía casi un siglo. La vida es una rueda que no cesa, un trapiche que muele los huesos del tiempo. Retoma la idea de la escuela natural que funciona casi frente a su casa, en una construcción sencilla que les da techo a sus enseñanzas dirigidas a niños, a viejos, a mujeres, a músicos desterrados. Enseña a vivir de manera intensa y transmite algunas artes de manos y sabe ciertos secretos de botánica. Plantea que es posible aprender con el medio, con los recursos de la región, con los alfabetos de la cultura, con la razón de la memoria, inculcando buenos sentimientos y una conciencia sensata respecto a la naturaleza. Sabe que la vida es pasajera y que la muerte cumple su papel en el drama del destino. Les ha cantado a las ánimas y les ha rezado para que los caminos de la luz se abran al paso de los difuntos queridos: su esposo, su hija, los parientes, los vecinos, Gerardo Valencia, sus amigas y tal vez ella misma en otras vidas, en otras muertes.

Hace algún tiempo la invitaron al Festival de Poesía de Roldanillo, en el Museo Rayo. Ahí se sintió a gusto, entre mujeres poetas y artistas que no dejan apagar el fuego del verbo y de la estética. Ninfa Aurora, impulsiva y agitacional, declaró que “los poetas somos la luz de la esperanza, quien lo está diciendo es una mujer chocoana. ¡Vamos a cantar con toda la garganta que los poetas son la luz de la esperanza…!”. Esa proclama habla de su criterio y de su práctica, de su fe y su contundencia para decir las cosas en forma precisa. Para Ninfa la poesía, la salud, la música, el sentimiento religioso, los oficios de cada día y la danza de la tierra son la sabiduría infinita encarnada en los actos elementales de cualquier ser humano o de cualquier comunidad. A ella le encantaría que no reinaran las malas noticias, es positiva, piensa en las cosas buenas y sabe que sus quehaceres siempre han aportado comunicación y afecto, porque “el país y el planeta necesitan amor y alegría”. Así es Ninfa Aurora Rodríguez Mosquera, firme y sencilla, como la brisa marina, como una palmera flexible y vieja, todavía inquieta, de piel morena, curtida por el sol de la vida.

Créditos

MUNICIPIO SANTIAGO DE CALI
Alcalde
John Maro Rodríguez
Secretaria de Cultura y Turismo
Maria Victoria Barrios de Gómez

UNIVERSIDAD DEL VALLE
Rector
Oscar Rojas Rentería
Decano de Humanidades
Darío Henao Restrepo

REVISTA PACÍFICO SUR
Facultad de Humanidades
Número 1- Agosto de 2002
ISSN 1692-1011

DIRECCIÓN
Darío Henao Restrepo
Víctor Mario Estrada Ospina

CONSEJO EDITORIAL
Francisco Zuluaga
Fabio Martínez
Elkin Salcedo
Omar Díaz

Alfredo Vanín
Jesús Glay Mejía
Víctor Mario Estrada Ospina
Darío Henao Restrepo
Luis Valdivia

COLABORADORES
Fabio Martínez
Alejandro Ulloa
Fabio Gómez
Hortensia Alaix de Valencia
Antonio Montaña
Juan Carlos Moyano Ortiz
Germán Patiño Ossa
Oscar Olarte
Alfredo Vanín
Luis Aníbal Méndez Paz
Gustavo Bueno
Francisco Zuluaga
Angela María Osorio

ASISTENTE EDITORIAL
Omar Felipe Becerra O.

CORRECCIÓN DE TEXTOS
Carmen Helena Moncada

DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN
Taller Creativo Ltda.
Cali - Colombia

PORTADA
Serie del Pacífico tallada en madera 1991
Hernando Tejada

FOTOGRAFÍAS
Carlos Arias
Jhon Jairo Álvarez
Archivo La Palabra
Archivo el País

ILUSTRACIONES
Hernando Tejada (q.e.p.d)
Darío F. Bolivar Gómez

IMPRESIÓN
Feriva S.A.
Cl 18 No. 3-33
P.B.X: 8831595
Cali- Colombia

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