Por: Darío Henao Restrepo

A sus ochenta y dos años, Manuel Zapata Olivella conserva la lucidez de siempre y la memoria para contar infinitas historias sobre sus viajes por el mundo, sus libros y sus investigaciones. La épica que hilvana en Changó, el gran putas, síntesis de su esfuerzo por historiar y poetizar 500 años de sangre de negros y mulatos, sigue presente en todo lo que analiza y cuenta Manuel. Sus libros He visto la tierra, Tierra mojada, Chambacú, corral de negros, La calle 10, En Chimá nace un santo, y Hemingway, el cazador de la muerte, son el fruto de su compromiso estético con los marginados y desposeídos, con los «condenados de la tierra» al decir de Frantz Fanon.
Protegido de los orichas mayores, las deidades africanas, Manuel aventuró por todas las geografías posibles. A todas se acercó con su sensibilidad apasionada y su afán por ahondar en la condición humana. Como pocos escritores colombianos, siempre ha estado presente en todos los rincones del país llevando sus ideas, acompañando grupos de danzas o realizando trabajos de investigación antropológica y cultural. El Pacífico colombiano es tan entrañable para Manuel como su Caribe natal. A esta región, siguiendo las enseñanzas del antropólogo chocoano Rogelio Velásquez, la ha recorrido palmo a palmo recogiendo su rica tradición oral y rescatando sus bailes y rituales religiosos. Acompañó muchas veces a su hermana Delia en el rescate de las danzas folclóricas en el Instituto Popular de Cultura de Cali y, además, tuvo vínculos con poetas, escritores e investigadores como Helcías Martán Góngora, Sofonías Yacup, Hugo Salazar Valdés, Octavio Marulanda y Mercedes Montaño.
Hablar del Pacífico es una fiesta espiritual y verbal para Manuel Zapata Olivella.
¿En Colombia se tiene conciencia de la importancia de la región del Pacífico?
No hemos podido tener una mirada clara ni siquiera del Caribe, mucho menos respecto al Pacífico. Tanta ha sido la ausencia de una conciencia sobre el Pacífico que se le llamó el Litoral Recóndito y continúa siendo el Litoral Recóndito, porque a pesar de todo lo que se ha venido informando —en Festivales, Congresos, Foros, investigaciones y publicaciones— sigue siendo una tierra desconocida. Y no porque no estemos todos los días allá, sino porque nos limitamos a creer que son tierras ausentes del desarrollo de la cultura universal, y es todo lo contrario. A Europa, por ejemplo, se le abrieron los ojos cuando supo que había un océano intermedio; en cambio, nosotros a este otro océano descubierto lo dejamos como trastienda que se quedó allí anclada en el momento de la Conquista. Es clave que nosotros tengamos claridad de esa omisión.

¿Ese olvido histórico explica la poca valoración de la cultura de esta región?
Por supuesto, muy a pesar de que el negro tenga una presencia tan fuerte en el mestizaje cultural de la región y del país. Una anécdota que viví como jurado de un Festival Mundial de Danza Folclórica en Santiago de Cuba, en los años 70, contesta muy bien la pregunta. Resulta que llegó a este evento un grupo de currulao de la Universidad del Valle y, cuando inician su presentación, pusieron de pie a todo el público que estaba en el teatro; el impacto del sonido de las marimbas de chonta y los cununos y el baile zapateado y en cuadrillas fue toda una revelación. Estos instrumentos y formas de danza no se conocían en Cuba, ni se relacionaban con el mundo afro. Ese día descubrí que había que volver más a fondo hacia el Caribe y el Pacífico, dejar de decir que a América la descubrió Colón y lo mismo de siempre. Ahí las indagaciones fueron otras: ¿Qué significó que esos afros que están allí en el Pacífico sean una proyección de la colonización, a partir del siglo XV, provenientes directamente del África y que antes de llegar ahí, hacían escala en Trinidad y Tobago, y luego escala en Cartagena?
¿Hay nexos muy fuertes entre el Caribe y el Pacífico?
Hay un estudio extraordinario de Rogelio Velásquez, en donde cita más de 200 apellidos africanos que se encuentran allá en la costa del Pacífico. A los del Caribe colombiano les cambiaron los nombres de origen; San Pedro Claver bautizó más de 350 000 a su llegada, pero son los mismos nombres los de Cartagena y los del Pacífico. Sin embargo, seguimos creyendo que la cultura de los afros de Cartagena está muy alejada de la de los afros del Pacífico, cuando vienen del mismo tronco con semejanzas y diferencias. Por ejemplo, en el Caribe no se baila en cuadrillas y en el Pacífico sí se baila en cuadrillas. Siempre hubo una relación muy grande entre las dos regiones.
El periplo de un escritor como Jorge Isaacs es emblemático de los muchos vínculos entre el Caribe y el Pacífico…
Claro, su padre vino desde Jamaica al Chocó y luego se fue al Cauca. Y todo lo que este tránsito implicó para su historia es muy importante para entender la obra de Isaacs. Lo que ha pasado con la figura de Jorge Isaacs, como con otras tantas que nosotros tenemos, es que ha sido acartonada, acuñada a una visión muy conservadora.
¿Qué hacer para superar esto?
Primero que todo, recuperar toda la obra de Isaacs. Para mí lo importante que tiene Jorge Isaacs no es que haya sido el autor de María, que fue sin duda un gran libro que abrió muchos horizontes. Estos se van a ampliar y a enriquecer con sus trabajos en la comisión científica de Agustín Codazzi. Ahí se documenta una identidad nacional que no se le reconoce, a través de hechos históricos y lingüísticos. Imagínese que unos anexos que él hizo de la gramática de la lengua Wayúu fueron tomados como una copia del obispo de Santa Marta, pero copia o no copia, Isaacs se dio cuenta de que era muy importante dejar un testimonio de la gramática de los Wayúu y eso no lo hemos hecho trascendente.
A Isaacs hay que liberarlo de esa crítica miope y convencional y de los malos historiadores que no le dan importancia al hecho de haber recibido en su infancia los recuerdos paternos de Jamaica, y que, por lo tanto, no podía dejar de meter en María esas memorias infantiles. Entonces, cuando se está hablando de las negritudes de Léopold Senghor y todas esas cosas, tenemos que partir de la base de Jorge Isaacs. Sin embargo, nadie lo toma en cuenta como un precursor de estas circunstancias. ¿Qué tiene que ver que Isaacs no hubiese metido un solo indio en María cuando estaba rodeado de indios por todas partes? En cambio, metió a la fuerza a los africanos, que nadie los quería y que todo el mundo los negaba. Reflexionar e investigar a fondo sobre tópicos como estos ayudaría muchísimo.

¿Cuál ha sido su relación específicamente con el Pacífico?
Una es eminentemente literaria a través de escritores como Sofonías Yacup, Helcías Martán Góngora, Arnoldo Palacios y Natanael Díaz; ellos, como yo, llegaron a la capital a realizar estudios universitarios. También mi aprendizaje con maestros como Rogelio Velásquez y Aquiles Escalante que fueron pioneros en los estudios afrocolombianos. Rogelio comenzó a recorrer los ríos y a contar qué era lo que hacían los del Baudó, el Atrato, cuáles eran sus costumbres, cuáles eran sus diferencias, todas estas cosas. Aquiles comenzó sus estudios sobre la historia de los negros. Hasta que llegó un momento, en 1943, que hicimos la primera manifestación en Bogotá de la presencia africana organizando el Día del Negro. La mayoría eran estudiantes descendientes del Pacífico y los únicos que habíamos del Atlántico éramos Aquiles y yo. Gritábamos como unos locos, creyendo que en el año 2000 el África se iba a liberar.
La otra fueron mis andanzas por el Pacífico. Cuando decidí abandonar el quinto semestre de medicina en la Universidad Nacional para irme a recorrer los caminos de América, me fui para Buenaventura sin plata, pasé la primera noche con frío y lluvia, esperando que abrieran la oficina de Sanidad que había allí para ver si el director de esa oficina me daba trabajo, en mi condición de estudiante de quinto año de medicina. El director me dijo que hacía un mes acababa de renunciar el médico de Nuquí y me mandó a reemplazarlo. Ahí estuve un mes. De Nuquí me fui con los aborígenes, de un río a otro, hasta llegar al San Juan, todo porque yo quería conocer vivencialmente al Chocó. Particularmente para mí fue una cosa increíble estar en el hospital de los gringos en Andagoya. Allí trabajé con las parturientas que no sabían por dónde parían, por qué parían, de modo que hicieron que me tornara un médico obstetra, que fuera el primero que introdujera aquí el método psicoprofiláctico sin dolor. Yo considero que esos son los vínculos personales que tuve. Luego, durante muchos años hice estudios e investigaciones en la región, entre los que destaco también la labor de mi hermana Delia con las danzas folclóricas, su labor en el Instituto Popular de Cultura. Eran los tiempos de Octavio Marulanda y Mercedes Montaño, cuyo aporte fue decisivo para la cultura colombiana.

¿Usted fue de los organizadores del Primer Congreso de Cultura Negra que se hizo en Cali?
Eso fue en el 78. No fue una iniciativa apenas nuestra, sino que había unas corrientes que ya se estaban dando en todo el mundo. Se abrían paso las tesis de Frantz Fanon y Léopold Senghor y de alguna manera nosotros ya teníamos unos antecedentes en el 43, cuando organizamos el Día del Negro en Bogotá. Fueron más de 150 invitados, con el apoyo de la UNESCO, que entonces estaba dirigida por un africano, que tuvo una trascendencia que nosotros todavía no nos imaginamos.
En ese congreso estuvieron el brasileño Abdias do Nascimento y Lorenzo Prescott, uno de los precursores de la revista AFROAMÉRICA. También estuvo un representante del movimiento de Nelson Mandela, estuvo la norteamericana con más de doce representantes, y por el Brasil más de 80 participantes. Los brasileños fueron los que tomaron la bandera allí, por la conciencia que tenían y por el desafío. Eso tuvo mucha importancia, posteriormente repercutió en lo internacional ya que todos los que estuvieron se llevaron la mejor impresión de ese congreso. Esas cosas están muy bien señaladas en las memorias que fueron publicadas por la Unesco.
Por último, ¿qué opinión le merece un festival como el Petronio Álvarez?
Creo que esto beneficia un movimiento por hacer música con lo nuestro. Así como los muchachos del currulao del grupo de la Universidad del Valle, lo que tenemos que llevar afuera es todo ese caudal de nuestra cultura. La salsa, por ejemplo, de raíz primigenia africana, viene de las variantes musicales del Caribe y expresa unas identidades. En el caso del Pacífico hay que desarrollar las variantes propias y no seguir siendo tan dóciles a esas influencias. Solo así nuestros ritmos ocuparán su lugar en el mundo.

