Por: Fabio Martínez

“Cada escritor en su larga travesía literaria
por la vida siempre crea y recrea
el paisaje que lo vio nacer”
Cada escritor, en su larga travesía literaria por la vida, siempre crea y recrea el paisaje que lo vio nacer. El paisaje está íntimamente ligado a su memoria y, cuando lo pierde por la fuerza de los acontecimientos, lo funda de nuevo a nivel simbólico y literario.
Este es el caso de autores como William Faulkner y Gabriel García Márquez. El primero, Faulkner, lo único que hizo aparte de beber fue volver a fundar el sur de los Estados Unidos; aquel paisaje que se perdió durante la guerra de Secesión en el siglo antepasado. El paisaje del sur de los Estados Unidos atraviesa toda la novelística del autor norteamericano y se convierte en el lugar o topos fundacional de su literatura. En el caso de García Márquez, el autor colombiano a lo largo de su obra fundó de nuevo aquel pueblo caliente situado en la costa norte y lo transformó en una memoria colectiva. A excepción de Los doce cuentos peregrinos, la novelística de García Márquez rescató de la “tierra del olvido” aquellos pueblos polvorientos del norte de Colombia que el viajero ve cuando toma la carretera que va de Medellín a La Guajira.
Parafraseando a Rilke podemos decir que la patria del escritor es su paisaje que lo vio nacer y crecer. En el caso de Jorge Isaacs podemos afirmar que la patria del escritor caleño fue el paisaje del Gran Cauca que, durante la segunda mitad del siglo XIX, se ubicaba al norte con el Chocó, pasaba por el Valle del Cauca y terminaba en el Nudo de los Pastos, donde nace el río Cauca.
El paisaje de Isaacs abarcaba exactamente toda la franja occidental que va desde el mar Pacífico, se centra en el corazón del Valle donde el escritor ubicó el escenario de su novela María y llega hasta el piedemonte de la cordillera Central, donde estaba situada la hacienda La Sierra, que se conoce mejor literariamente como El Paraíso. Sería necio negar que el paisaje de Isaacs está ubicado exactamente entre el río Amaime en Palmira y la hacienda El Paraíso. Pero si miramos de conjunto, el paisaje de Isaacs abarcaba el Estado Soberano del Cauca, llamado así por la Constitución de Rionegro cuando, por primera vez en la historia del país, se pensó construir un Estado federal fundado en la riqueza y pujanza de las regiones. Cuando Isaacs fue consciente de la política y se lanzó a ella con toda su pasión, fue justamente uno de los más claros defensores del proyecto de los Estados Unidos de Colombia, y cuando este proyecto declinó y se consolidó un Estado centralista a espaldas del país, no solo fracasó Isaacs sino Colombia entera.
Pero los vínculos internos con el Gran Cauca y con el Pacífico, que es el objeto de este ensayo, vienen de su infancia. El niño Isaacs oiría por boca de su padre, en la casa de El Peñón en Cali y en la hacienda Manuelita en Palmira, el primer viaje que hizo Mr. George Henry Isaacs desde Montego Bay en Jamaica hasta el Chocó en busca de oro. Escuchó de su padre cuando, con la orden de explotación emitida por don Simón Bolívar, se asentó en las minas de Nóvita para explotar oro. Le oyó hablar de su fracaso en las minas y luego cuando puso la tienda de abarrotes en Quibdó, donde conoció a Manuelita Ferrer Scarpetta, una caleña de origen ítalo-catalán que le dio a oler la flor del quereme y lo trajo hasta El Paraíso. El niño Isaacs escuchó de su padre las leyendas del “velero obligado”, un barco de contrabandistas ingleses que salía de los puertos de las Antillas, entraba por Urabá y se internaba por el río Atrato en busca de oro y platino. Todas estas historias que contaba su padre por su paso por el Pacífico norte colombiano fueron registradas en la memoria de Isaacs.
La segunda influencia que recibió el niño Isaacs del Pacífico fueron sus relaciones con las nanas de origen africano que trajo su madre cuando su esposo fracasó definitivamente en el Chocó y se instalaron en la casa de El Peñón en Cali. Las nanas fueron las que influyeron profundamente en la vida del joven Isaacs, que siempre tuvo un respeto y una admiración profundos por esta etnia que en aquellos difíciles tiempos vivía aún bajo el yugo de la esclavitud. Gracias a aquel contacto visceral con la raza negra, Isaacs, cuyo padre fue un próspero terrateniente de ideas conservadoras que cayó en desgracia, supo diferenciar muy bien los intereses de una clase racista y tener un profundo respeto por los afrocolombianos.
El joven Isaacs había visto en Cali, a su regreso de la capital, cómo se levantaban los esclavos y abandonaban las haciendas de los terratenientes. Había sido testigo de la ley de liberación de los esclavos que echó al traste con la hacienda vallecaucana. Había sido testigo de la ley de manumisión de los esclavos que se vieron obligados a firmar los dueños de las fabulosas tierras irrigadas por el río Cauca, y de las cuales su padre había sido uno de los benefactores. Todo este escenario social lo vivió el joven Isaacs y creó en él una sensibilidad social a favor de esta región del país, hasta el punto que cuando fue nombrado congresista en nombre de los conservadores, que era el partido de su padre, a los pocos meses renunció a estos ideales políticos y se pasó a las toldas del liberalismo radical.
Luego, en 1864, cuando fue nombrado por el general Mosquera como inspector de caminos en el Dagua, Isaacs tuvo la oportunidad de viajar continuamente a Buenaventura y tener contacto directo con trabajadores de origen negro que murieron durante el penoso y largo trabajo de la carretera al mar. De allí, de aquel contacto con el Pacífico y con su gente, fue que Isaacs logró construir el último capítulo de su novela que narra el viaje de regreso de Efraín por Buenaventura y su profunda relación humana con los bogas Laureán y Cortico.
Más tarde, cuando en 1870 fue nombrado por su primo hermano César Conto jefe de instrucción pública del Cauca, redactó varios decretos a favor de los indios y los negros del Cauca, en pro de sus derechos civiles y ciudadanos. En María vamos a encontrar un capítulo digno de un etnógrafo donde se habla de los orígenes africanos de la negra Feliciana, una de las heroínas de la novela.
Se puede apreciar que Isaacs, como hombre y como escritor inscrito en el paisaje del Gran Cauca, no solo tuvo una relación con Cali y el Valle del Cauca, el paisaje que lo vio nacer y crecer, sino que también, debido a la historia de sus padres, tuvo un contacto profundo con el Pacífico colombiano que, si la mano del bárbaro no lo destruye antes, será el paraíso del siglo XXI.

