Por Darío Henao Restrepo
Ensayista e investigador de la cultura y literatura colombiana, Univalle
El montaje de El condenado por desconfiado, de Tirso de Molina, realizado por la Corporación de Teatro de la Universidad del Valle bajo la dirección de Alejandro González Puche y Ma Zhenghong, fue presentado en el XXVIII Siglo de Oro Drama Festival, en la ciudad de El Paso, Texas, Estados Unidos y, luego, realizó una amplia gira por México en diferentes eventos y ciudades: Festival de Teatro del Siglo de Oro en Ciudad Juárez, Chihuahua, Delicias, Camargo y Ciudad de México. Recientemente tuvo una exitosa temporada en el Teatro Colón de Bogotá y se ha exhibido entre el público popular de Cali, Jamundí y Puerto Tejada.
La fuerte presencia de la tradición ibérica asimilada y mezclada con la cultura de nativos y esclavos en el Pacífico explican el montaje de El condenado por desconfiado que al ritmo de marimba y cununo ha realizado la Corporación de Teatro de la Universidad del Valle. En esta singular puesta en escena de la obra de Tirso de Molina, se pretende reconciliar dos sólidas tradiciones: el teatro del Siglo de Oro español y la cultura popular colombiana, específicamente el folclore del Pacífico colombiano. Esta insólita unión es posible gracias a las sorprendentes similitudes existentes entre estas manifestaciones culturales, en elementos como el lenguaje, la versificación, la espiritualidad. En el Pacífico colombiano continúan vivas ancestrales tradiciones del barroco español como la loa, los matachines y la décima. Protagonizada por un santo, un bandido y una prostituta, la obra se ocupa del problema de la fe y la predestinación, asuntos vigentes en nuestras comunidades del Litoral.
La obra se inicia como un concierto de música del Pacífico, interpretado por los mismos actores; marimba, tambores, cununo y clarinete introducen el mundo rítmico de la décima y el verso. Cinco actores se distribuyen los papeles, y cual si fuera una obra de teatro popular van introduciéndonos en los laberintos de la antigüedad. Cinco actores interpretan los casi veinte personajes de la obra. La presencia de actores negros facilitó el trabajo, además de la experiencia durante los ensayos con las comunidades del Pacífico como espectadores, actores y maestros. Cada ensayo fue arrojando luces sobre la forma de decir los versos y cómo era percibido por la gente el conflicto teológico entre el bien y el mal.
Formado en el Instituto de Artes Escénicas de Moscú con el maestro Anatoli Vasiliev, de regreso al país luego de estar unos años como director en la desaparecida Escuela Nacional de Arte Dramático de Bogotá, Alejandro González le apostó a Cali y se vino para Univalle con la idea de hacer un proyecto académico serio. De este es fruto la Corporación Teatro del Valle, un grupo de teatro profesional, adscrito al Departamento de Artes Escénicas para realizar otros proyectos autónomos, como El condenado por desconfiado y llegar a otros espacios ya no como grupo estudiantil. Han logrado una presencia nacional e internacional constante; en cinco años realizaron 6 montajes con los que hicieron giras por Rusia, Chile, Estados Unidos, México y Perú.
Sobre lo que significa toda la rica experiencia que arroja este importante trabajo, que abre caminos para una dramaturgia propia, habló el joven director Alejandro González.
— ¿Cómo surgió el proyecto de llevar a cabo el montaje de El condenado por desconfiado adaptado al Pacífico?
— Surgió a partir de estar hace dos años tratando el Siglo de Oro español. Nosotros montamos el año antepasado El astrólogo fingido, de Calderón de la Barca, con el cual estuvimos en el Festival Iberoamericano. Y como siempre en todos los grandes hallazgos hay algo de improvisación, pues resulta que nos empezó a aterrar que los actores negros entendían mejor la obra que el presente señor director y que la otra directora Ma Zhenghong y que todos los otros actores. Se sentía que en ellos había una fusión orgánica con ese material casi natural y esa impresión, que fue muy positiva, se empezó a dar también cuando presentábamos la obra en Aguablanca, en la Comuna 20, en Siloé, en todas las comunas de Cali y en el departamento; los negros, las comunidades afro, entendían la obra muy bien, y eso nos dio pie para empezar a investigar por qué era esa empatía con el material tan impresionante.
— ¿Fue la experiencia con El astrólogo fingido lo que los llevó al montaje de El condenado por desconfiado?
— Sí. A partir de esa experiencia comenzamos un estudio sobre la percepción del espectador valluno del teatro español y esto nos llevó a montar El condenado por desconfiado, que apareció como una obra ideal por muchas cosas: primero, porque tiene un tema espiritual y las comunidades del Pacífico son profundamente espirituales; segundo, porque era una obra que no tenía reyes, no tenía dones, no tenía caballeros, no creaba un extrañamiento como la mayoría de las obras del teatro español, y empezamos a hacer la adaptación a este material cuyos héroes principales son un bandido, un santo y una prostituta que se encuentran en cualquier comunidad de Cali o de Guapi o de Buenaventura.
— ¿Cómo hicieron para incorporar la parte musical?
— Encontramos a otro gran director del montaje que es el maestro Gualajo, con el cual los actores han estado durante ocho meses aprendiendo a tocar marimba, la chonta, las tamboras, el cununo. Esto fue clave. Además, nos hemos ido encontrando con los maestros sin buscarlos en España, sino que los encontrábamos aquí en los barrios de Cali, que tienen una sabiduría impresionante por lo negro, y nos encontramos otro maestro, que fue maestro de esgrima/Grima, que son las peleas con machete, que vino desde Mazamorreros, Cauca, que sabía el arte del combate con el machete de una manera impresionante.
— Hay una escena extraordinaria en la obra de pelea con el machete.
— Esto permanece aún, el arte de la Grima, que es un arte robado porque el español nunca le enseñó al negro nada; el negro viendo aprendió y se robó ese arte, y hoy lo mantiene mejor que los españoles que ya no pelean tanto con machete. Igual ocurrió con la versificación, ya que nunca hubo un intento español por difundir el teatro, pero las poblaciones negras se robaron el arte de la décima, de la loa, de los matachines. Y lo increíble es que mantienen, por sus condiciones geográficas, de una manera evidentemente adaptada, mucho mejor que las otras poblaciones colombianas.
— Ustedes hicieron alguna investigación de campo con algunas poblaciones del Pacífico. ¿Cómo fue ese proceso?
— Ese proceso todavía no lo hemos culminado, pues apenas vamos a recorrer los pueblos del Litoral. Lo que investigamos lo hicimos con maestros que viven acá como el maestro Gualajo y el maestro Cañiquí. Por ahora nos hemos presentado en Jamundí, en varios barrios y veredas de Cali de población negra. Vamos ahora para Buenaventura, Quibdó a las fiestas de San Pacho, Guapi y Tumaco, y esto nos permitirá enriquecer el trabajo y ahondar en nuestras investigaciones.
— La tradición del romancero, de las décimas, está viva en la tradición oral del Pacífico. En la obra la versificación se percibe con una gran naturalidad y encaja muy bien incluso en la entonación y en los acentos que le dan los actores negros. ¿Cómo fue el trabajo con los actores en este campo?
— La prosodia de los manuales no funciona en el Pacífico, pues existe una apropiación singular que es totalmente orgánica. La diferencia entre teatro en verso y teatro en prosa la hace el intelectual bogotano o caleño. El hombre de origen popular, sobre todo vallecaucano y el del Pacífico, ve el verso como la única manera de hacer teatro. Eso es muy bonito. Para los actores negros el trabajo fue muy fácil pues es algo que está en su cultura. Hemos asistido a encuentros de negritudes, en Tumaco por ejemplo, y escuchamos noticieros que todavía se dicen en décima, noticieros radiales que la gente espera a las cuatro o cinco de la tarde para escuchar en sus décimas las noticias del día. Esa relación completamente orgánica con la poesía facilitated/facilitó mucho el trabajo de los actores.
— A pesar de la fuerza de la religiosidad en la obra, hay un acento muy particular en las apropiaciones de los negros del Pacífico. ¿Qué opina de esta singularidad?
— La fe religiosa en el Pacífico colombiano se asumió como una manera de igualdad social y de igualdad espiritual. Y por eso esa espiritualidad se mantiene de una manera impresionante en el Pacífico; sin embargo, es una espiritualidad con unos elementos paganos muy importantes.
— El barroco en América se redimensiona, se mezcla más y adquiere características propias hasta hoy. ¿Eso lo muestra este montaje?
— Sí, nos ha llevado a constatarlo. Uno se pregunta por qué le agradan tanto estas obras al espectador del Pacífico, de la vereda de Morgan, de Navarro, de Puerto Tejada, y queda claro que lo atraen porque él ordena el mundo a través del lenguaje. Él no lo ordena a través de conceptos lógicos, de la televisión o de normas; entonces el discurso poético es muy bueno porque él puede resumir una gran situación a través del lenguaje, del verso, del refrán. Siento que toda esa relación con el barroco sigue viva.
— ¿Qué les deja este montaje como formación en la escuela de teatro que diriges?
— Se amplía el campo de la formación clásica, algo indispensable para la formación de un actor, pues se entra a nuevos campos a través del verso y a una investigación por caminos más orgánicos con nuestra tradición cultural.
— Un montaje como el de El condenado por desconfiado, ¿qué aportes le hace al trabajo dramatúrgico en la región?
— Creo que hemos fundado nuestra actual dramaturgia, y en general nuestro teatro, desconociendo nuestra propia tradición y de manera un poco excluyente se denomina Nuevo Teatro. Este montaje pone nuevamente la atención sobre esa tradición del drama articulado a lo popular, a la palabra y a la historia tal como la quería Tirso: enseñar divirtiendo. Yo no soy dramaturgo, soy director, pero este trabajo puede dar pistas a los que usan la pluma sobre los gustos del público y las necesidades de repertorio que tienen los actores de la región. El verso está vivo.
— Están dando un paso hacia una veta muy grande que de alguna forma en nuestra cultura también ha sido alejada.
— Estoy de acuerdo. Nosotros no estamos haciendo un folclor puro, no es la idea, sino tratando de hacer la fusión entre esas dos tradiciones para decir que son muy fuertes y deben seguir vivas. Lo más bello es que estamos creando e investigando a partir de una tradición vigorosa que está evolving/evolucionando como lo muestran los festivales de música Petronio Álvarez.

